lunes, 20 de junio de 2011

Inventiva Social: Heridas que nunca cauterizan

El olor de las flores*
Cerré la puerta suavemente
como otras tantas veces
y me alejé en silencio.

Siempre viví cerrando puertas
o viéndolas cerrarse tras de mí:

Puertas entrecerrándose implacables
como una barricada ante mis ojos.

He aprendido que cada despedida
es el eco de un canto cancelado.
Que una mirada al borde del andén,
el gesto de una mano que se pierde
o un avión despegando
son heridas que nunca cauterizan.

Es necesario entonces
cerrar las puertas con tristeza
y alejarse despacio hacia poniente
en busca de otros soles, de otras Ítacas
de otros ríos y aldeas
allende el horizonte de los días.

Mas no es fácil caminar cuando se sabe
que el olor de las flores no regresa.
 
 
 
 
HERIDAS QUE NUNCA SE CAUTERIZAN...
 
 
 
 
 
 
La vida*

                              
 
Es el mar como la vida,
                              
o es la vida toda, un mar.
                               
Desde que nace puja,
                             
grita, duele, sangra.
                                
Rugiente o calmo,
                   
en graciosas espumas plateadas,
                  
montando a pelo caballos mojados,
               
rompiendo a puño piedras ya gastadas,
            
lamiendo playas en sensuales movimientos.
                
Recogiendo a lo largo de sus milenios
               
escarabajos sucios, podridos huesos,
                       
transparentes flores azules.
                   
Llegando a puerto, ya cansado,
               
entregando a la tumba sus despojos
                              
y subiendo en fino rocío
                        
hasta más allá de  las  nubes,
                              
acompañando pájaros,
                     
abandonando solo por instante a la vida,
               
que volverá siempre, como el mar, por los siglos.
 
 
*De Elsa  Hufschmid elsahuf@yahoo.com.ar

 
 
 
EL DESPROMOVIDO*
 
 
 
 
 
*DE ELSA OSORIO. eov@elsaosorio.com
 
 
 
Cuando subió al tren en la estación de Luján, aquel tipo ya estaba allí. No lo eligió para recorrer juntos el trayecto hasta Once, fue el azar de cada domingo por la noche, cuando los últimos trenes llegan casi llenos desde Mercedes y resulta imposible encontrar un asiento solitario. Marcos había atravesado los pasos de un ceremonial que otros muchos pasajeros repetirían sin suerte: recorrió el pasillo central del vagón con el cuello estirado y los ojos muy abiertos buscando un asiento doble sin ocupantes.
No deja de ser desalentador que cientos de personas obligadas y dispuestas a viajar juntas se esfuercen por subrayar el interés en viajar solas, piensa ahora, refugiado en el balcón de su casa. No quiere que su insomnio despierte a Maite. Ella no sabe nada, Marcos ha decidido no contarle lo que le sucedió en el tren, como si fuera él ahora quien debe guardar el secreto, quien debe ocultarse.
Al llegar a la mitad del pasillo, Marcos se detuvo y paseó una mirada distraída con la que pretendía atrapar la persona más anodina, la menos llamativa, con quien compartiría la próxima hora y media de su vida. Aunque tampoco puede desprenderse de la responsabilidad de haberse sentado a su lado, y no al lado de cualquier otro, de alguna manera lo eligió entre todos los pasajeros del tren, reconoce mientras enciende un cigarrillo. Fue su cara neutra, esa expresión ausente en sus ojos, ni muy alto, ni muy bajo, ni muy joven, ni muy viejo, sin señas particulares visibles, como diría algún formulario. Y si Marcos no quería hablar con nadie, ¿por qué, cuando pasaron por Lezica, le respondió a su primera pregunta?
-¿Qué pone en el cartel? No lo he podido leer. 
Podría haber hecho un simple hum, o alzarse de hombros como si no conociera la respuesta y perder su vista en la revista, pero no.
-Lezica y Torrezuri.
-Vale, gracias. 
Sintió curiosidad cuando escuchó esas palabras: pone, vale, el leve ceceo. ¿No lo habrá invitado él, sin querer, a llenar de palabras esa hora y pico que faltaba? Tampoco podría decir que el hombre había insistido en hablar. Las frases se fueron encadenando naturalmente. Ahora, mientras camina impaciente por el balcón de su casa, se propone recordar frase a frase, hasta las más intrascendentes, para saber cómo llegaron a que Marcos le dijera su nombre y apellido, porque fue entonces que todo tomó ese disparatado curso. Fue él quien hizo la segunda pregunta.
-No sos argentino -lo tuteó-. ¿Gallego?
El hombre sonrió:
-No, no soy gallego, soy argentino, pero vivo en España, hace muchos, muchos años, tantos que ya ni conozco las estaciones de tren. ¡Tantas cosas han cambiado en estos años! -y entonces hubo un frenazo, como si lamentara haberse expresado demasiado, y como para cerrar agregó-: Bueno, es lógico, yo no hacía habitualmente este trayecto cuando vivía en Argentina.
En ese punto, cuando supo que el hombre, aunque afable, tampoco era de esos que le gusta andar contando su vida por ahí, parco como él mismo, Marcos pudo haberse callado, tan tranquilo y la vida como siempre. Aplasta el cigarrillo contra la baldosa con el pie, como si en esa fosforescencia roja estuviera lo que el hombre le contó.
Tampoco Marcos es de los que van haciendo negocios en los trenes, o en donde sea. Algo le cayó bien del tipo, debe reconocerlo, aunque no había nada demasiado especial en lo que hablaban, lugares comunes: el estado de los trenes en la Argentina, los de alta velocidad en Europa, los cambios que encontraba en la ciudad. A la altura de Moreno, cuando hicieron el trasbordo, el hombre le caía francamente bien, casi un cómplice. A propósito de la carne, Marcos le contó que había visto a unos turistas sacando fotos a la carne argentina en un restorán de Puerto Madero.
-¿Estuviste en Puerto Madero? -le preguntó.
Un escueto sí fue su respuesta, era prudente, pero Marcos adivinó en su expresión tensa, contenida, un leve disgusto, un cierto rechazo, el mismo que él siente por ese símbolo de los años noventa, por más bello y pintoresco que sea. Eso ya creó una alianza y Marcos entonces se olvidó de que lo que estaba buscando era alguien con quien no hablar, que no existiera, que lo dejara a él con sus pensamientos.
Tal vez por ese capricho hospitalario de los argentinos con los extranjeros -el otro era un extranjero aunque argentino-, o aún peor: para mostrarle al otro que tiene la precisa, esa porteñada, lo cierto es que Marcos le recomendó una parrilla donde hacían la carne como en ningún lado, barata y con una atención excelente. Decí que vas de parte mía, él, el piola, el amigo del dueño, Marcos Waissman.
Entonces el hombre abrió los ojos y le dijo muy lentamente, con una voz que parecía venir de muy lejos, del más absoluto asombro.
-¿Vos? ¿Vos sos Marcos Waissman? ¿En serio sos Marcos Waissman?
Lo primero que pensó Marcos es que el tipo se había confundido, porque él tampoco es nadie conocido, nadie de la revista Caras, ni de la política, ni de la farándula, ni del arte, nadie como para que un tipo que vive afuera hace años sepa quién es.
Y recuerda ahora esa sensación absurda que lo invadió, ese querer ser, aunque sea por un rato, el Marcos Waissman que el tipo creía, el que le emocionaba tanto encontrar.
-¿Marcos Waissman ? –insistió-. ¿De agosto del 47?
Pero ¿qué estaba pasando? ¿Por qué ese hombre sabía la fecha de su nacimiento? Y era auténtica emoción lo que mostraba, piensa ahora mientras enciende otro cigarrillo, pero cómo iba a imaginar Marcos a qué se debía. 
-Pensé en buscarte hace tiempo -la voz turbada, conmovida-. Hace años que lo imagino, pero no lo hice, y de hecho, tampoco creo que te hubiera buscado ahora, en este viaje. 
-¿A mí me buscabas? –le preguntó, y en voz más baja-, ¿y por qué?
Se arrepintió de inmediato, Marcos no quería saber. Había acertado la fecha de casualidad. Era un loco, o un homosexual que quería levantárselo con ese verso, y él, sin darse cuenta, le había dado calce. Debería haberse sumergido en la revista. Sin embargo, no pudo sustraerse a la mirada húmeda y agradecida fija en él, un absoluto desconocido tan queriéndolo, así, de golpe y porque sí. El hombre tardó un tiempo en responderle. No debió ser fácil confesárselo,  admite ahora, mientras se sirve un whisky en el living.
-Porque yo fui vos durante años -le reveló al fin, casi feliz.
Entonces Marcos abrió la revista, tratando de desentenderse, pero no pudo impedir que esa voz grave y susurrante se lo contara, haciendo caso omiso de la página abierta que Marcos nunca leyó.

-Yo militaba en Montoneros, pero tuve diferencias importantes con la línea que imponía la conducción, y lo dije. La organización me «despromovió». ¿Cómo explicarte? Ni adentro ni afuera. Yo no fui el único despromovido. El oficial responsable decía en una reunión: «Lo adecuado es que el compañero sea despromovido para que procese sus disidencias en la base, y no impida el correcto funcionamiento», y ya, la sentencia. Era duro ser despromovido: tus amigos -todos militantes a esa altura- desconfiaban de ti, eras el blanco fácil de cualquiera al que le caías mal por no importa qué motivo, no tenías más responsabilidades. Y María, mi mujer, era un cuadro importante. Nos separamos y yo le dejé la casa que alquilaba, sabiendo que allí se seguirían haciendo trabajos de prensa. Dejarles la casa era lo correcto. Y también una puerta abierta, un permiso a mi libertad, una buena manera de estar sin estar, y resolver mis contradicciones. Yo me sentía parte de la Orga, aunque no estuviera de acuerdo con la lucha armada.    
»No podía ni imaginar lo que iba a suceder unos meses después. Y no fue por ellos que lo supe, lo leí en el periódico: en mi casa, en la casa alquilada a mi nombre, habían encontrado el cadáver de un hombre muy conocido. De María y de los otros compañeros ni palabra, el único con nombre y apellido era yo. Y entre hacer volantes y secuestrar y matar a un tipo importante hay una pequeña diferencia.
»Yo estaba en una pensión de Jujuy con Mirta, mi nueva compañera, cuando me sorprendió la noticia. Nuestro plan era seguir hacia el norte: Bolivia, Perú, y más, una Latinoamérica idealizada por nuestra juventud, que nos recibiría con los brazos abiertos para vivirla a fondo, y nos ofrecería trabajos temporarios para seguir recorriéndola. Pero qué frontera íbamos a pasar si, según el periódico, yo me “había dado a la fuga” y estaban persiguiéndome.
»¿Y ahora qué vamos a hacer?, me preguntó Mirta, mientras preparaba su bolso, con la intención de rajarse.
»De un teléfono público llamé a alguien de la Orga, tampoco a ellos les convenía que me detuvieran. Me ofrecieron seguridad, estaría escondido hasta que pudieran sacarme del país.
»Siete meses estuve encerrado, Mirta me vino a ver un par de veces, y en una de esas visitas... zas,  pero eso te lo cuento después. Al fin me trajeron tu pasaporte, mi foto, tu nombre, tu fecha de nacimiento, tu número de documento. Repetí varias veces los datos para hacerme a la idea.   
»Mirta viajó con su propio pasaporte, ella no estaba fichada, y Lucila en su panza. Lucila Waissman, como la anotamos en México.
-¿Qué? -los ojos de Marcos desencajados-. ¿Tuviste una hija y la reconociste con mi pasaporte?
 -Sí, tuvimos una hija, preciosa, tiene veintiséis años y vive en un barco, en Inglaterra. Y con tu pasaporte también me casé con Mirta.
-¿Pero cómo es posible? -Marcos no podía recuperarse del asombro-. ¡Entonces soy bígamo! Es increíble, aquel tipo, el que me convenció de que le entregara mi pasaporte y denunciara su pérdida unos meses después, me dijo que era para salvarle la vida a alguien, jamás pensé que lo iban a usar para casarse, para tener hijos. ¿Te das cuenta de los kilombos que pude tener si mi mujer se enteraba que tenía una hija en México, que allí estaba casado con otra?
-Yo también tuve problemas. ¿Qué crees? Tengo seis años menos que tú. ¿Ves esta calva? No es nueva, con el afán que puse en parecer mayor, en tener tu edad y no la mía, a los veinticuatro se me empezó a caer el pelo, a los treinta tenía esta... ¿cómo se decía?... esta bocha, esta bola de billar que ves ahora. Y con lo de tu apellido, ¡vaya historias que viví! 
»Una vez en México, te vas a reír, había una chavala, una mexicana, en la facultad, que me miraba con ganas, o eso me pareció. Me invitó a cenar a su casa. Hasta perfume me puse. Cuando entré y vi la mesa puesta, las velas, no lo dudé: esa noche me la tiraba. Ella me anunció unos platos que había preparado, los nombraba como paladeándolos, y yo ni idea de qué me hablaba, pero antes, me dijo, tenía una sorpresa para mí, imagina lo que pensé. Pero no. Esther sacó libros, papeles, y me preguntó si mis padres eran de tal o de tal pueblo de Alemania. Ella también era judía. Y una experta. Me pareció imposible improvisar, ya bastante era inventarme una biografía con seis años más, le dije que mi familia no hablaba nunca de su pasado, que lo habían dejado atrás, seguramente porque no quería que nosotros, sus hijos, sufriéramos lo que ellos cuando emigraron a la Argentina. A propósito, Marcos, ¿fue tu padre o tu abuelo? ¿Huyeron de los progroms a fines del XIX, con la guerra o cuándo? Me lo han preguntado infinitas veces.
-Mi padre es un sobreviviente de un campo de concentración, la familia de mi madre, rusa, vino antes de la guerra. 
-Yo, desde aquella noche en México, hice a tu abuelo ya en la Argentina, me daba no sé qué meterme con la guerra, aunque era más fácil, está el cine, la literatura. Pero si me encontraba con otra como Esther... Me soltó un discurso insoportable –aunque sensato- sobre el error de mis padres en ocultar sus raíces, y me tuvo horas, días, explicándome. Al fin se enrolló con Fishbein, otro argentino, judío pero de verdad. Eso es algo que tuve que aprender, atribuir los méritos de mi inteligencia, de mi constancia, de mis sesudas elucubraciones, a mis raíces judías. Pero en España, no sólo no me sirvió para nada, sino que perdí una chica con la que salía y que me gustaba mucho. «Lo lamento, Marcos, mis padres son muy católicos y me han prohibido que salga contigo», me dijo. Y eran vascos, como yo. 
-¿También en España viviste con mi nombre?
-Sí, muchos años. Tantos que, al final, ya ni sabía quién era. Para regularizar la situación tenía que venir a la Argentina, blanquear, encontrarme con un pasado doloroso, todo muy duro. Pero lo hice, por Lucila. Hace cinco años que tiene mi apellido. Ondart. Perdón, no me he presentado, Juan José Ondart, mucho gusto, Marcos Waissman, estoy verdaderamente encantado de conocerte, y muy pero muy agradecido. Si puedo hacer algo por vos, no dudes en pedírmelo.



Fue una idea fugaz, que no alcanzó a tomar consistencia en el tren, apenas una frase: sí, lo mismo que yo hice por vos,  pero Marcos sólo le pidió que le contara más, necesitaba saber qué había estado haciendo su nombre tantos años en otras ciudades, en otros continentes. ¿Cómo él no se enteró nunca? Porque el otro Marcos Waissman no hizo nada raro, ningún desfalco, ningún asesinato -una risa simpática- no, te dejé bien afuera, quedate tranquilo, escribí artículos con un cierto éxito, eres bastante conocido en el medio publicitario, y en cine, una autoridad. ¿Te gusta el cine?, le preguntó.
Marcos se alzó de hombros, un poco achicado por la palabra autoridad, él va al cine, no mucho, porque discute horas con Maite que nunca entiende lo mismo que él de las películas. Le gustaría leer los artículos -y mostrárselos a Maite- pensó insólitamente. ¿Estarán en internet?, le preguntó. Juan José no sabía, probablemente, pero tenía fotocopias, ¿se las enviaba?
-¿Y la vida amorosa? -preguntó, aún repicando ese temor que había sentido de que el tipo fuera gay, que Marcos Waissman en Europa, en México, fuera gay. No podría decir por qué, pero no le gustaba la idea.
Dos mujeres formales, la primera, la que lo metió en el lío no la cuenta, Mirta y una alemana. De Mirta se separó, con la otra no hubo papeles, tampoco hijos. ¿Amantes? Ondart sonrió misteriosamente.
-¿Cuántas? ¿Muchas?
No puso ningún reparo en responder, una manera de reconocerle algún derecho, después de años de usurpar su nombre, su vida misma.
-Nunca las conté, lo normal, unas veinticinco, treinta, quizás alguna más... A ver si me acuerdo de alguna remarcable... Sí, una francesa que hacía películas porno pero de calidad, guapísima; una ecuatoriana militante y muy sensual, qué mujer maravillosa, a ella casi le cuento la verdad, pero me contuve, años de disciplina; la mujer del director de la agencia, una burguesa interesante; una directora de cine a quien le va bastante bien ahora; una... rara mezcla de ternura, erotismo, lucidez, pero una bruja que... No, qué estoy diciendo, ésa no, porque ya era Juan José. Tienes suerte -le dijo con acento gallego-, eran mejores las de Marcos que las de Juan José.
Y esta vez Marcos, orgulloso, lo acompañó en la risa. ¿Y dónde había vivido con su nombre? En México, en el DF, luego en Madrid, unos meses en Londres, en París, largos meses en Hannover, con su mujer alemana, en Praga, cuando fue por lo de los artículos y se quedó más de un año, pero cómo me olvidé: Tina, fantástica, lástima que no haya querido venirse conmigo a Madrid.

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