sábado, 21 de julio de 2012

Inventiva social: LA ETERNIDAD SIGUE PARECIENDOME MUCHO TIEMPO...


 
 
 
 
*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu
 
 
Beduinos*
 
 
El desierto se presentaba delante de ellos como un mar de arenas sin fin y a pesar de ir dejando atrás una duna tras otra, la aparición de otras de igual apariencia les hacía tener la sensación de que no avanzaban en su huida.
No se arrepentían de su decisión y el amor que les había lanzado a marcharse de sus respectivas tribus les daba fuerzas para seguir. Su amor estaba por encima de las rencillas, los odios y las continuas peleas que durante décadas habían enfrentado las dos familias.
Sólo la casualidad hizo que se conocieran y gracias es ella se había fraguado aquel amor que les llevó a resolución de huir y formar su propia familia lejos del pasado.
Al cabo de muchas jornadas llegaron a un oasis pequeño y escondido detrás de unas formaciones rocosas de escasa altura, pero que mantenían el lugar lejos de las miradas de circunstanciales trashumantes por lo que decidieron establecerse allí.
Con el curso de los años, tuvieron dos hijos, consiguieron cultivar la tierra y tener algunos animales pudiendo con todo ello vivir una vida tranquila, feliz y en paz.
Una mañana despertaron sorprendidos al ver que el oasis había desaparecido, sus dos hijos no estaban y el huerto y los animales se habían esfumado. Sentados sobre la arena caliente con los primeros rayos del sol de la mañana, se miraron a los ojos y comprendieron, con desesperación, que habían vivido todos aquellos años en un espejismo.
 
 
*De Joan Mateujoan@cimat.es
 
 
 
 
 
LA ETERNIDAD SIGUE PARECIENDOME MUCHO TIEMPO...
 
 
 
 
CANCIÓN DE MI PUEBLO*
 
 
 
No tiene río
no tiene puerto
ni nombre sonoro.
No tiene nada
distinto a otro pueblo.
Pueblito perdido:
lo cruzan los pájaros,
lo cruza la pampa,
lo cruzan camiones
cargados de trigo
cargados de hacienda.
La gente es la misma,
con sus penas hondas
y sus penas leves;
la gente va a misa,
se ríe, comercia,
se casa y engendra
y un día cualquiera
se va para siempre.
No tiene una torre
que llame de lejos,
el tren ya no pasa
y la ruta al costado
esquiva sus calles
esquiva sus casas.
Pero cuando me acerco
yo voy divisando
la punta de un pino
el ala de un pájaro
o mi sueño niño
que en el aire espera.
No tiene un río
no tiene puerto
no tiene atractivo
al extraño
pero para mí
siempre ha sido
el mejor de los pueblos.
 
 
1984, primavera
Crónica Gringa.
 
 
*De JORGE ISAÍASjisaias46@yahoo.com.ar
- El pan en llamas. Antología. Editorial Ciudad Gótica. Rosario. 2011
 
 
 
 
 
 
 
La voz del padre*
 
 
 
 Luglio. Mi padre viene viajando. Salió il Giugno 30 del puerto de Nápoles.
Atrás hay un viaje en tren "la letorina". Adelante el mar como horizonte. Un puerto y la promesa de vivir en Argentina.

El pasaporte con esa foto de una expresión tan parecida a Paul Newman dice que llegó el 21.
Sin embargo siento que sigue viajando.
Que el Sebastiano Caboto todavía no hizo escala en Río de Janeiro.

..."La voz del padre llega muchos años después" - Oigo decir en el bar al amigo.

-Hay días. Momentos en que necesito que llegue, aún 60 años después.

Será por eso que el otro día mi padre llegó.
Hombre de pocas palabras ni siquiera quiso entrar a su casa. Mi padre no era de ironías ni de eludir cuando tenía que decir una verdad. Miró con sus ojos más celestes que aquellos con los que reflejaba el mar inabarcable y me dijo: "Ahora tenés que ser tu propio padre"
 
 
*De Eduardo Francisco Coiroinventivasocial@hotmail.com
 
 
 
 
 
 
*
 
 
Mi hermana tiene una marca,
un signo oscuro de pregunta
que se ancla en sus cejas,
los ojos como boyando en las aguas
sombrías de un amor trágico.
Otras de su familia
con menos fortuna que ella
estamos signadas por la tragedia
de una vida sin amor.
Yo recuerdo, siendo niñas, que las primas
en bandadas solíamos jugar
sin mas disputas
que a quién le tocaría ser la reina
y a quién la cocinera,
ella en cambio, se sentaba en la vereda
con ese gesto grave que cargan los ancianos
después de enterrar a muchos muertos,
cruzaba los brazos ferozmente como evitando
una carga ... ya por entonces tenía los hombros
vencidos ... el peso era excesivo para sus nueve
años.

En ocasiones, fugazmente se entretenía
con una mancha, su cara se iluminaba
y por un momento volvía a parecernos
una nena, recostada en el bullicio
y en la flores de las tardes de verano
en el patio de la abuela.
Un día abandonamos las rondas,
era costumbre frotarnos con hojas
de naranjos y azahares para quedar
oliendo a primavera ...y sentarnos en la vereda
a esperar que Juan Andrés
pasara en bicicleta ... las cinco primas soñabamos
con que él nos inaugurara
el verano y la boca con un beso ...
Mi hermana no soñaba, apenas
si cerraba los ojos para descansar
la fatiga de ver tanto mañana violento.
Pasó el tiempo para todas.
Yo viajé,
que otro destino podría haberse esperado
para quién nació de padres
migratorios y erráticos.
Ellas se quedaron ... casi niñas
fueron pariendo y jugando a rondas
de pañales que se amarilleaban en las sogas
de alambre.
Quizás por la noche recordaban un raido
perfume de naranjos viendo entre algodones
como año a año había una mata más
de pelo oscuro, desmadejada sobre
las almohadas ... o se quedaban
con el alma paseando en bicicleta,
acariciandose el vientre mientras
tomaban un matecocido
sin azúcar ...olvidadas de Dios
y del marido.
Mi hermana en cambio tiene un dios piadoso,
un dios que siempre se acuerda de ella,
solía encontrar consuelo en orarle
después que el acercaba el revolver
a su boca.
Sin un grito parió tres hijos silenciosos
y oscuros como sus lágrimas,
suelo creer que los hizo varones a todos,
porque creía en la abuelar sentencia,
de "tengan machos, porque siempre
sufren menos"
Yo años después parí y enterré a mi hija
el mismo día ... ella aún suele decirme
que fuí bendecida ... ella cree en resurrecciones,
en milenios, en vida eterna ...
yo aún no resuelvo
que voy a cocinar mañana con los cinco
australes que me quedan.
Ella es piadosa y va a templos,
yo aún sin Dios aprendí a resignarme,
pero la eternidad sigue pareciendome
mucho tiempo...
Cuando vuelvo a Tucumán
y me encuentro con mis primas
nos abrazamos muy fuerte,
por sus bocas con muchos dientes menos
el aliento de las niñas que fuimos
es un aire fresco y sentadas
mansamente en el patio de la abuela,
nos quedamos de espalda, fingiendo
que no vemos y las dejamos que jueguen
otra vez a la ronda de reina y cocinera, refugiadas
en esas tardes de verano en que la vida
olía a azahares...
definitivamente.
*De Alejandra Morales.
 
 
 
 
 
 
Taxi driver*

*Por Juan Forn
 
 
A nada temen más los escritores que al famoso bloqueo de escritor. Y, a la vez, pocas cosas les despiertan tan mórbido interés. De todos los casos que conozco yo, el más extraordinario me parece el de Fran Lebowitz, que llegó jovencita a Nueva York, escribió como escupidas una serie de brillantes ensayitos que juntó en dos libros muy cortos (Vida metropolitana y Estudios sociales), que la convirtieron en una leyenda de la noche a la mañana, cuando tenía veintisiete años y desde entonces lleva más de treinta tratando de escribir una línea más que la convenza, y nada. Uno la oye hablar y es como si la estuviera leyendo, como si tuviera delante un texto de asombroso filo y gracia y elocuencia, pero Fran Lebowitz ya no escribe. El sensei Leopoldo Marechal acuñó de viejo una frase que debería ser el mantra de los escritores en problemas: “De todo laberinto se sale por arriba”. Hay quienes creen que Fran Lebowitz logró romper por elevación la lógica de su encierro; hay quienes la ven aún cautiva en ese laberinto, como un todavía maníaco pero ya avejentado cobayo de laboratorio.
Fran Lebowitz tenía cinco años cuando descubrió que a los libros no los había hecho todos una misma persona, como pasaba con los árboles y las nubes y los animales. Cuando su madre se lo explicó (“Dios no hizo los libros, Frances”) estuvo toda la tarde siguiéndola de una punta a la otra de su cocina en Nueva Jersey, repitiéndole: “¿Qué quieres decir? ¿Que los puede hacer cualquiera? ¿Que yo puedo hacer uno?”. Como nadie en el mundo (es decir, en su casa y en el jardín de infantes) quería enseñarle todavía los rudimentos básicos del oficio, la pequeña Fran decidió ponerse a escribir libros tal como los consumía: por vía oral. Después aprendió las letras, descubrió el saborcito de la tinta contra el papel, y le gustó cantidad, pero quedó esclava para siempre de su mito de origen: se podía escribir oralmente. Su familia y el sistema educativo de Nueva Jersey trataron durante años de disuadirla (“¡Te puedes callar de una vez, Fran Lebowitz!”), pero ella perseveró. Logró que la echaran en tercer año de la secundaria, que la consideraran un caso perdido en casa, escapó a Nueva York a los diecisiete, manejaba un taxi para pagar el alquiler del cuchitril donde vivía, esquivaba yonquis por las calles y se pasaba las noches afilando la lengua y la mente en bares llenos de humo donde oficiaban las mentes más brillantes, las lenguas más afiladas de Nueva York.
En esos bares, en esas contiendas verbales de trasnoche perfeccionó Fran Lebowitz su manera de escribir oralmente; aprendió a tallar y pulir y corregir oralmente, y al volver de aquellos bares a su covacha en la madrugada transcribía lo que quedaba. Así fue escribiendo esos ensayitos que le publicaban las revistas de los amigos (amigos como Andy Warhol, revistas como Interview) y que juntó en los dos libros que la convirtieron en la voz por excelencia de Nueva York: si Oscar Wilde manejara un yellow cab, si Truman Capote fuera lesbiana, si Susan Sontag tuviera ironía, así escribía Fran Lebowitz. Ningún tema la intimidaba, y en todos deslumbraba. Su plan era ir quemando las hormonas juveniles con esos ensayitos, preparándose para la magna tarea, una novela, un gran fresco de su época donde convergieran el filo, la elocuencia y la gracia que ya tenía con el advenimiento de su voz “madura”, que en su humilde opinión se le estaba avecinando a buen paso. Y entonces le sucedió algo completamente inesperado: un día descubrió que hablar no era escribir, que hablar ya no la hacía escribir.
Lo descubrió como se descubren esas cosas: primero de a poco y después de repente, como dijo famosamente Hemingway. Según ella fueron dos los momentos fatídicos: el día en que por primera vez le pagaron por escribir y el día en que por primera vez le pagaron por hablar. “En cuanto se volvió trabajo empezó a dejar de gustarme, porque por principio y religión estoy en contra del trabajo. Elegí escribir para no trabajar. Y por supuesto hablar es más fácil que escribir. Casi cualquier cosa es más fácil que escribir, he descubierto. Salvo no escribir, que es la tarea más ardua que conozco.” Cuando todas las revistas empezaron a pedirle alguno de esos ensayitos que ella destilaba gota a gota (“Escribo tan lento que podría usar mi propia sangre como tinta sin debilitarme”, dijo una vez), fue dejando de publicar. Cuando todas las universidades y todos los programas de televisión y de radio quisieron tenerla de invitada, dejó de aparecer en público. Pero había sido durante demasiado tiempo un taxi intelectual, como se definió alguna vez a sí mismo Sir Isaiah Berlin (“Me ponen el dinero en la mano, me dicen hacia dónde, y allá vamos”); para muchos, su verba ya no tenía contenido; la veían como un cobayo viejo repitiendo su maníaca rutina en su jaula de cristal.
Para demostrar lo contrario, Martin Scorsese hizo un documental sobre Lebowitz: Public Speaking. Las mejores partes son las largas escenas en que están sentados los dos solos (Scorsese detrás de cámara) a una mesa del Waverly Inn, el bar preferido de ambos. Filman cuando el bar ya ha cerrado sus puertas, desde la medianoche hasta las cinco de la mañana, los dos son noctámbulos y se nota gloriosamente: hay un biorritmo de trasnoche en esos monólogos de Lebowitz, hay un peso especial en sus palabras, una grávitas, que yo no le había visto nunca. Leí después que el único hueco que tenía Scorsese para filmar fue cuando se pospuso por dos semanas el rodaje de La isla siniestra en la costa de Boston. Lebowitz aceptó las fechas sin decirle a nadie que su padre estaba en ese momento muy enfermo en Nueva Jersey, una enfermedad súbita pero benigna que lo iría apagando sin dolor a lo largo de las siguientes semanas. De manera que llegaba cada noche a filmar al Waverly Inn luego de haberse pasado la tarde acompañando la mansa agonía de su padre en un hospital de Nueva Jersey. El padre ya no podía decirle que hiciera el favor de callarse por favor; no quedaba nadie más de la familia que pudiera decirlo, y ella, como sabemos, no logró nunca aprender ese dispositivo básico de las relaciones humanas llamado silencio. De manera que Fran Lebowitz le habla a su padre. Le habla y le habla. Le cuenta por qué escapó de ellos y se fue a Nueva York, qué buscaba, qué encontró, qué perdió en el camino y en qué se convirtió. Fran Lebowitz habla y habla y de pronto está escribiendo de nuevo, está por fin escribiendo su novela, el fresco de su época, el relato de su vida, en esa habitación de hospital de Nueva Jersey. Quizá nunca lleguemos a leerla, quizá nunca lleguemos a conocer el estilo tardío de Fran Lebowitz, pero nos queda el eco, el reflejo que alcanza a vislumbrarse en esos monólogos de trasnoche en el Waverly Inn filmados por Scorsese. Es un mínimo fulgor, pero alcanza para transmitirnos que hubo un día en que Fran Lebowitz logró por fin salir de su laberinto.
 
 
 
 
 
 
 
*
 
 
Arrastro este silencio
como el cuerpo de un muerto,
me arrastro a mi misma
como si ya no viviera.

... Cada madrugada repito el ritual,
los gestos,
desde antes, desde siempre,
ya lo hacía desde niña
cuando jugar era decapitar muñecas.

A veces este silencio
me susurra algo,
un breve rumor como de pasos,
un eco sordo,
apagado, lejano.

Este silencio tiene cuerpo
y boca que aprieta fieramente.
Se tiende al lado de mis huesos
y mis húmeros tristísimos
se callan.
Mis clavículas chocan
y se ignoran
como si no las igualara
el mismo olor a espanto
 
*De Alejandra Morales.
 
 
 
 
Para leer en Aurora Boreal:
 
La literatura como espejo.
 
-Entrevista a Consuelo Triviño Anzola  realizada por Marcos Fabián Herrera.
 
 
 
 
 
Correo:
 
 
***
 
Respecto a los escritos de Jorge Isaías. 
 
Si bien trato de leer la mayoría de lo que editás. No me pierdo sus relatos. Es bueno que lo digamos.
Y que él lo sepa. Es atrapante como rescata su mundo infantil, su historia de pueblo, de hogar,
aún cercana y fragante.Todavía deben estar sus huellas en el polvo de aquellas calles, las estelas de aquellas  aves en el cielo, y el eco de los gritos de aquellos baldíos y las risas estridentes de sus travesuras flotando entre esos andares gringos de entonces...
Que siga escribiendo, que no termine nunca de contar, de sus personajes, de sus amigos; y que con su magia vuelvan a vivir para él y para nosotros, con quienes comparte.
 
 
*De Celso Agretticelsoagr@trcnet.com.ar

 
 
 
*

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