lunes, 18 de junio de 2012

LA LUNA NO VA A DIAMANTES...

*Dibujo: Ray Respall Rojas.
La Habana. Cuba.

*
<>
sino que horada
el cielo negro
-su combustión de estrellas-
En ese deseo
al menos
resuelvo
noches
silencios
durmientes
que el riel pisa
cuando el tren
aplasta sombras
última profundos sueños
y algún insomnio pasajero.
<
sólo anadea
con pies de pato>>.
*De JORGE ISAÍAS. jisaias46@yahoo.com.ar
-Lluvia de marzo. Colección de Poesía  ÍCONO nº4. Editorial Ciudad Gótica.
LA LUNA NO VA A DIAMANTES...
LA CIENCIA*

 
El papá de Alan intenta comenzar a explicarle que va a tener un hermanito y busca las palabras adecuadas para sus cinco años. Antes de que comience a explayarse, el niño le responde:

-         No te preocupes, ya me lo sé todo.
-         ¿Todo? – se asombra su creador.
-       Sí – adopta un tono doctoral -, cuando las mujeres tienen la barriga grande y les duele, es que va a nacer un niño. Puede parecer muy natural, pero hay que ir al médico, porque si el niño no quiere salir, le cortan la barriga, sacan al bebé y la vuelven a coser… Papá… ¿por qué te asomas a la ventana?
-       Por nada – responde el padre -, ¡solo para saber si aún quedan cigüeñas!
*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba.
Literatura y violencia: la paradoja del escritor colombiano*
*Por Alejandro José López Cáceres



  
1.
Nos abruma la cantidad de hechos violentos que pueblan nuestra vida cotidiana. Y más aún cuando, al asomarnos en el balcón de la historia, descubrimos que los de ahora sólo continúan una interminable saga de acontecimientos atroces. Vivimos en un país que se ha empeñado en mantener vigentes de una década a otra, de un siglo a otro, las prerrogativas a la crueldad. La nuestra es una memoria repleta de cicatrices y nuestro presente, una herida que no para de sangrar.
Todos en Colombia hemos vivido de cerca, en una forma u otra, los tormentos que inflige la barbarie. Unos más directamente: las víctimas, cuyo sufrimiento y memoria han de repararse y honrarse. Algunos hemos sido testigos consternados en esta visceral tradición de la infamia y otros han tenido que despedir a los suyos, obnubilados por su propio dolor. En nuestra aciaga historia como Nación, el signo de los tiempos ha operado no pocas veces su papel de noria, transmutando a los dolientes en nuevos verdugos ansiosos de revancha. Reconocer esto no exime de su responsabilidad a quienes han ostentado el poder en este país, pero indica su cuota de sangre. Y esto exhorta, precisamente, a subrayar la insensatez del pacto social precario que se han empeñado en mantener, un sistema cuya médula sigue siendo la exclusión de la inmensa mayoría y los privilegios de un puñado de gentes.
 Sin embargo, este patente y lamentable escenario nacional no nos permite discernir por completo las atrocidades de nuestra violencia, ni los laberintos de nuestra ruina moral. Durante años se han ensayado interpretaciones diversas y se han desplegado análisis profusos, más o menos interesantes, muchas veces interesados. La inequidad y la injusticia son las semillas del odio; pero es verdad que luego éste sabe tener vida propia, sabe expandirse y sofisticar sus artilugios de muerte. La pobreza no explica la sevicia, la ambición no justifica el delito, el interés no implica la vileza, el poder no amerita la maldad.
El estremecimiento producido por el salvajismo diario que estalla frente a nosotros nos lleva a buscar explicaciones urgentes. Los colombianos hemos asistido a la entronización del crimen en todos los ámbitos de la vida social y reclamamos respuestas que nos permitan comprender esta realidad, que nos ayuden a salvar ese abismo feroz significado en la violencia. De allí provienen todas aquellas voces que claman por un arte comprometido, por una literatura que se implique, curiosamente, en estos tiempos tan reacios al compromiso.
2.
Ha sido frecuente en la historia de nuestras letras que algunos supervivientes de calamidades puntuales funjan como improvisados novelistas. El dolor, la rabia y la consternación han condicionado esta escritura, apremiada por la denuncia de unos hechos atestiguados o padecidos. De allí han surgido relatos de indiscutible valor documental. No obstante, la gran mayoría de las veces, la impericia literaria ha dado al traste con las posibilidades estéticas de dichas obras, incluso cuando fueron asesoradas o coescritas. Así ocurre con el abultado catálogo de quienes han sobrevivido a la ignominia del secuestro o a las masacres perpetradas por los distintos ejércitos que asolan el país.
También es cierto que un buen número de obras proviene de autores altamente ilustrados. Para mantenernos en el ámbito de la novela, hemos de señalar el amplio repertorio de narraciones firmadas por eruditos. En estos libros, dichos autores han dejado constancia de sus conceptualizaciones en torno a las diferentes violencias de nuestra historia. Suelen ser ficciones de escritura impecable y tersa, pero lastradas por la demostración de alguna tesis. Dicho de otro modo: los personajes y las situaciones que allí se cuentan viven subordinados a las opiniones previas de quienes los han compuesto, lo cual les impide volar en esa aventura gobernada por la intuición que está en la base de toda gran novela. Sin aquel riesgo imaginativo que es inherente a la creación novelística, estas indagaciones de la condición humana carecen de auténtica perspicacia.
En tiempos recientes, la hegemonía de lo comercial ha pretendido circunscribir el arte a los dominios del entretenimiento. Se ha privilegiado, entonces, la edición de novelas ligeras y divertidas. La industria del Best Seller ha proscrito las narrativas de mayor densidad al considerarlas poco rentables. De esta suerte, las librerías han terminado inundadas de obras baladíes, incapaces de perdurar en las vitrinas y menos aún en la memoria de los lectores. En este tipo de relatos, la violencia sirve apenas como telón de fondo para el suspenso y, en muchas ocasiones, acaban siendo banalizados los dramas que allí se abordan. Son narraciones cuyos personajes no sobrepasan el estereotipo, cuyos lenguajes alcanzan apenas un valor de uso.
El modo en que he abordado estas tres categorías hace que surjan algunas preguntas inmediatas. ¿Resulta indeseable que una novela sea divertida? ¿El hecho de contener una tesis anularía su validez literaria? ¿Debería sustraerse el novelista a cualquier tipo de denuncia? Si echamos un vistazo a las grandes obras maestras de la historia, la respuesta obligada a cada uno de estos interrogantes habría de ser negativa y los ejemplos se revelarían como pruebas irrefutables. El Quijote, la novela que funda el género, es la apología de la carcajada. Grandes novelistas, como Albert Camus o Milan Kundera, han albergado diferentes tesis en sus narraciones. Y una de las más valiosas novelas escritas en nuestro país, "La vorágine", puede leerse como una acusación fehaciente al horror que caracterizó las caucherías amazónicas. Todo esto parecería indicar la poca fortuna de los planteamientos sostenidos hasta aquí.
3.
Denuncia, demostración y divertimento son objetivos bastante concretos. En ello radica el problema que estoy planteando: el arte no se limita a la ejecución de un propósito. Puede cumplir alguno; pero, por definición, ha de rebasarlo. Una novela puede ser denuncia, a condición de que sea algo más; podría demostrar una tesis, siempre y cuando haga algo más; le convendría generar diversión, mientras sea capaz de producir algo más. Y a la postre, ese "algo más" es lo que le otorga su dimensión estética, su condición de obra artística. Hay un conocimiento esencial sobre la existencia, sobre la naturaleza humana, que sólo se produce en el arte. Sin embargo, éste jamás procede por vías explicativas. Su camino es el de la imaginación, de allí que se ubique en las antípodas del método científico. La crítica puede luego interpretar una obra, puede comentarla, analizarla o evaluarla; pero todo esto sucede con posterioridad al acontecimiento artístico.
Por eso resulta tan discutible la idea de un arte comprometido. Siempre que se invoca, la noción del compromiso viene abrumada con requerimientos políticos, ideológicos, cívicos, religiosos; en fin, doctrinales. Estos requerimientos, ajenos a la búsqueda estética propiamente dicha, tienden a restringir la mirada del artista, del escritor, cuyo compromiso se remite a indagar la existencia en su vasto espectro y en su profunda complejidad. En el caso de la novela, toda intención de carácter extra-literario es por lo menos dudosa: un escritor no está para transmitir mensajes ni para divulgar moralejas; por eso, ha de fortalecer su criterio. Sólo de este modo podrá resistirse a cualquier exigencia que pretenda alejarlo de su propia imaginación creadora, sólo así podrá mantenerse fiel a sí mismo.
El novelista no es un redentor ni un profeta. Su obra puede iluminar la comprensión de fenómenos tan desconcertantes y dolorosos como la violencia de nuestro país, a condición de que no se proponga explicarlos. Y dado que la nuestra es una realidad abrumadora, todos quisiéramos hallar respuestas urgentes, directas. No obstante, sabemos que desde la perspectiva literaria esto es un contrasentido: allí radica una de las mayores paradojas que puede enfrentar un escritor colombiano. Aquel autor que se pretenda un reformador o un gurú estaría negando con dicha actitud su genuina condición de artista. Hablar de una literatura que se implica no es otra cosa que hablar de una escritura dispuesta a indagar imaginativamente una realidad. Así lo ha hecho el más importante maestro de nuestras letras, Gabriel García Márquez, quien supo entenderlo y sobreponerse a esta paradoja. Un escritor es alguien que vive el lenguaje como un camino para crear obras perdurables, capaces de penetrar en los misterios de la condición humana; en última instancia, obras que puedan trascenderlo.

 

-Alejandro José López Cáceres Colombia, 1969. Ha publicado dos libros de ensayos: Entre la pluma y la pantalla (2003) y Pasión crítica (2010), dos de crónicas y entrevistas: Tierra posible (1999) y Al pie de la letra (2007), y uno de cuentos: Dalí violeta (2005). Entre los años 2004 y 2008 dirigió la Escuela de Estudios Literarios perteneciente a la Universidad del Valle. Actualmente reside en España y es candidato a doctor en literatura por la Universidad Complutense de Madrid
Los fantasmas se ponen celosos*
Te extraño, en esta madrugada fría y transparente, tengo en mis labios el perfume de tu mirada y el color de tus ojos son mi locura.

Salgo al Jardín y el vapor de mi aliento, tiñe a los fantasmas de envidia.

 "LA AMISTAD EN EL PLANETA LEJANO"*
*De Celso H. Agretticelsoagr@trcnet.com.ar    

Ellos vivían en un lejano planeta, en comarcas muy distintas y distantes; bajo las luces de dos grandes soles refulgentes que hacían que hubiera una noche cada dos días, y las sombras se cruzaban entre ellas. En ese mundo a veces había dos atardeceres, o dos amaneceres en un mismo día, y a veces hasta un amanecer y un atardecer al mismo tiempo; y de tanto en tanto eclipses entre los mismos soles, o entre las lunas, o mezclados, en una espectacular orgía celestial. Había seis lunas, y la gente era o muy lunática o bien muy romántica.
En ese entorno la locura de ellos eran una normalidad; ser amigos durante siglos y nunca llegar a conocerse.
No se conocieron porque temían decepcionarse entre sí. Temían ser especies distintas, como reptiles y aves, o siendo incompatibles, o enemigos, y terminar comiéndose entre ellos, como los animales salvajes que poblaban las selvas extensas que aún quedaban, después de la última glaciación y el reciente recalentamiento global; que venían una y otra vez después del gran cataclismo que provocó la caída de la luna mayor, que hizo rotar al planeta al revés durante varios siglos.
La gente primero se volvió loca, y luego moría aparentemente sin motivo. Murieron casi todos. Quienes quedaron se temían unos a otros, y se fueron retirando a lo más profundo de esas selvas húmedas y oscuras. Los animales salvajes proliferaron y se fueron adueñando de lo que quedaba del mundo. La naturaleza cubrió rápidamente de leñosas enredaderas, plantas gigantescas y marañas espinosas, todos los signos de las grandes obras de la antigua civilización. Llovía a torrentes con aterradoras tormentas casi todos los días y los arroyos se hicieron ríos y los ríos verdaderos mares.
                    Sobrevivir fue un verdadero milagro.
                    Pero ellos siguieron siendo amigos; aun que no se conocieron nunca.
 Dentro de poco, en este mes, en aquel planeta tan soleado y lunático; perdura la antiquísima tradición de celebrar el día del amigo.
                    Espero que ellos sigan siéndolo.
       
*Texto incluido en La raíz del BAMBÚ.  Edición de autor. Avellaneda. Santa Fe 2012
Narradores musicantes*
 *Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com

Los narradores suspirantes pueden decir una pena negrísima como un ala. Escriben sus amaneceres de lobos, sus cenas de astronautas, sus madrugadas de estibadores y sus almuerzos de ciclistas, sobre el papel de los días y de las noches. Besan las palabras tan severamente, tan soñadoramente que las chimeneas de las fábricas se parecen a las verdes gargantas de los lirios. Contra el apagón erótico dicen todo aquello que no tiene nombre porque alguien tiene que decirlo.
Mi padre me lo advirtió: lo malo que tienen los narradores suspirantes, es que soplan la noche hasta deshacerla, y esa rotura resulta irresistible, porque lo hacen con un lenguaje de alcohol, de caballo encabritado, de legumbre. Soplan la noche desde hace muchos años, como si fuera desde ayer. Fuertemente soplan. A sangre y fuego nos graban sus imágenes de animales nocturnos, sus estremecimientos de bestias, sus huesos de diablos.
Lo bueno de los narradores suspirantes, según mi padre, es que ponen todo bajo sospecha, con sus maneras de no decirse a sí mismos, o de decirse a través de voces que no los nombran, a través de palabras recobradas. Mi padre tenía esa forma de hablar y esa manera de leer como si todo en la vida fuera música o silencio.
Ahora que es el tiempo de los suspirantes, y que los suspiros no son un invento mío, puedo decirlo: los narradores suspirantes hablan con música de flores sobre muchachas bonitas que se confiesan besos rojos, besos bajos, besos negros en el baño de damas, mientras refuerzan el brillo de los labios o se levantan la pollera frente al espejo para cerciorarse de que los tres hilos de la ropa interior no se hayan desviado de su perfecto sitio. Con música de lagartos, los narradores musicantes hablan de la triste historia en la que un actor cómico se casa con una actriz dramática y dan a luz máscaras venecianas. Con música acuática hablan de los argonautas que atraviesan los mares peligrosos, enfrentan tempestades, liberan pueblos esclavos, siembran colmillos de dragones, ciegan ojos de monstruos, para luego dejarse atrapar en una red de velos y beber las gotas de rocío emanadas de la valva de Venus.
Una lee a los lectores musicantes, y no sabe hasta qué punto lo que lee es una palabra o un nota. No sabe si lo que está escrito es el jinete o el galope. Si lo que pasa es un cuerpo transparente o el susurro de una estrella que se eleva. Una no sabe si es cesura o es arpegio aquello que la embriaga.
Los libros suelen defraudar a quienes los escriben, según mi padre, porque se encuentran poseídos por la peligrosa tendencia a satisfacer a sus intérpretes. "El problema con la mayoría de los comentaristas es que por ver los árboles dejan de ver el bosque", dijo mi padre, en aquellas épocas en que yo no distinguía lo que era canción de lo que era ternura. Dijo, también, que los lectores suspirantes, a diferencias de los intérpretes, somos capaces de internarnos en el bosque para recoger pequeños suicidios silenciosos, pequeños nacimientos de monstruos, ínfimas gemas soñantes. Yo no estaba muy segura de mis suspiros, pero la música de su voz alentaba mi respiración y mi esperanza.
Tal vez, lo que estoy diciendo no sea lo que estoy recordando. Tal vez, el recuerdo esté construyendo mi pasado, porque los recuerdos no son lo que creemos ni tampoco lo contrario. Mi padre lo dijo muchas veces: recordamos para abolir la memoria. Y dijo también que los lectores suspirantes no rozamos las letras, imperceptiblemente, como arañas mansas, sino que nos hundimos, nos clavamos en ellas y las letras se mueven, las letras zarpan llevándonos al fluido, al perfume, al color de las cosas. Las letras nos llevan a casi todo. Nos llevan al hombre, nos llevan a la mujer, a los violines, a lo negro, a lo embestido, a lo suspirado.
Bajo la fuerza vigorosa de los pájaros, los narradores musicantes atraviesan los inviernos con la cresta curtida, rodando por los agujeros de la ausencia, resquebrajando las murallas de Dios y del César. En sus libros musicantes, Dios baja del plato volador y nos desova al pie de la montaña. Y, sin ser religiosos, nacemos como peces celestiales, nos subimos a la nave de Dios por el rayo láser de sus ojos para ver desde allá arriba al mundo. Por el mismo conducto auditivo, pasamos a los pasillos secretos del palacio del César, vigilados por algún órgano de seguridad que escabullimos y nos enteramos de que el César se quiere poner con algo gordo (como todo César). Y por destino poético del narrador suspirante, musicante, le vemos al César las dos caras. La cara de instar a los perseguidores y la cara de proteger a los perseguidos. La cara de beneficiar a los poseedores y la cara de consolar a los desposeídos. La cara de alentar a los pescadores y la cara de llorar a los pescados. Y todo esto ocurre en la aparente duermevela de los acentos, en el recóndito zumbido de las palabras.
Yo no sé por qué recuerdo todas estas cosas como si alguna vez hubieran ocurrido. Como si hiciera centenares de años que estoy suspirando alrededor de los sueños que acaban de nacer. Como si a partir de ahora las abejas que beben en el estanque de los pájaros duplicaran sus alas. Como si tragar la noche fuera un deber y no un delirio.
Ante la ley*
*Franz Kafka
Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.
-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.
La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:
-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.
El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.
Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le
repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:
-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.
Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián.
Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a
agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.
-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.
-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?
El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:
-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.


*Fuente: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/euro/kafka/antela.htm
“HOJAS DE SÁBILA”*
Es en las condiciones de alguna intransigencia
donde se afincan los versos
y un frío callejero

Te lo dije:
es la época.



“AGUAS VIVAS”*
Con las iniciales E. D. hallóse
en enero y a modo de título
una partitura

que es una pregunta sobre el otoño
que es un pájaro del cual se precisa
la denominación de jilguero
que es una estriptisera de reconocida influencia
en nuestras filas
y en observadores calificados del medio

y que es el azul.
*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
(textos concebido a partir del poemarios de Eduardo Dalter.)
*Inventren Próximas estaciones: 
ORTIZ DE ROSAS.

-Por Ferrocarril Midland-
BLAS DURAÑONA. 
-Por Ferrocarril Provincial-
 
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