sábado, 30 de junio de 2012

Inventiva Social: COMO A UN PAJARITO DESPLUMADO DESPUÉS DE UNA TORMENTA...

 
*Dibujo: Ray Respall Rojas.
La Habana. Cuba.
 
 
 
 
UNA REVELACIÓN* 
 
*De Eva Medina Moreno evamedina_moreno@yahoo.es

Cuando entré en la galería, una sala pequeña, bastante oscura, había poca gente. El pintor no estaba. Sobre un taburete, folletos. Cogí uno. Me lo guardé, dirigiéndome al primer cuadro con el mismo recogimiento con el que se comulga. En cuanto Xaime llegó, viéndome frente a su «Costa da Morte», me dijo que lo había pintado en cabo Touriñán, el más occidental de la península ibérica, y no el de Finisterre como se decía.
Me acerqué al cuadro. Eran brochazos despreocupados que, cuando te alejabas, cobraban realidad. Me confesó el toque impresionista, y algo expresionista, que algunos críticos de arte habían visto en su obra.
Yo sólo veía la fuerza, la rabia, de ese mar contra las rocas. Le pregunté sobre ello. Sin contestarme, siguió con los críticos. Miré el cuadro alejándome un poco a la izquierda. En segundos, atrapé el significado simbólico. Trascendía detrás de esa luz sobre la ola más cercana; la espuma tan blanca. Reflejaba la lucha de dos poderes. Aunque uno de ellos fuese desgastando, poco a poco, al otro, y pareciese el más fuerte, no lo era, porque roca y mar eran la misma cosa; el hombre luchando contra la sinrazón de su propia existencia. Xaime me contaba cuanto tardó en pintarlo, la vida tan dura del artista. La «náusea» nos acechaba, pensé, sin poder escapar, porque formábamos parte de ella; nosotros éramos la «náusea». Me acordé de Kafka, de ese pobre K. de El proceso, que éramos todos nosotros, buscando una explicación en un mundo inexplicable. Me vi formando parte de ese mar y esas rocas. Nada se podía hacer. El mar era la humanidad luchando contra un muro; su propia existencia.
«Hay pocos genios», continuó, mientras yo me imaginaba a Van Gogh, saliendo de madrugada al campo, con sus lienzos volteados por el aire, y a Kafka, de regreso del trabajo, escribiendo en una mesa pequeña frente a una pared gris.
Salí de allí con la sensación de que el descubrimiento de ese acantilado alegórico no podía revelarlo a nadie. Sería como destapar una olla exprés antes de que se enfriase. Sufriré por todos, me dije, sonriendo a San Manuel.
 
 
 
 
COMO A UN PAJARITO DESPLUMADO DESPUÉS DE UNA TORMENTA...
 
 
 
 

EL CHICO CON EL QUE NADIE SE REÍA*
 
Crónicas del Hombre Alto (n° 79)


      Mientras el guitarrista melenudo, joven talento del barrio, entusiasma a la concurrencia cantando una chacarera, Ramón espía al público que se ha juntado en la placita. Oculto a un costado del escenario, observa todo con ojos de niño grande. Tiene 30 años, pero los festivales al aire libre todavía le provocan el mismo cosquilleo de excitación  que le causaban cuando era chico, como si estos ratos de alegría popular fuesen el testimonio concluyente de que Dios aún se acuerda de sus hijos. De todos.

     Es una tarde radiante de invierno y la placita se ha llenado de gente que, sea por auténtico interés, por curiosidad o para disolver el aburrimiento de los domingos, viene a ver los diferentes espectáculos que se están ofreciendo. Algunos están sentados sobre el césped; otros han traído desde sus casas los sillones plegables y el equipo de mate. Hay banderas y racimos de globos ondeando en lo alto de las farolas, y un grupo de niños que cada tanto se aleja del escenario y vuelve a correr detrás de una pelota.

      La escena le trae el recuerdo de una tarde similar en la plaza de su barrio, Santa Rosa de Lima. Ramón tenía entonces 15 años y su vida era un inventario de los lugares comunes que suelen jalonar la marginalidad. Pero a Ramón lo distinguía, además, una timidez monumental. Parco al extremo, podía pasar largos ratos entre la gente sin emitir palabra alguna, y cuando no le quedaba otro remedio que abrir la boca, lo hacía pronunciando monosílabos en voz muy baja.

      Cuando el hombre del aro en la oreja llegó al barrio con intenciones de reclutar pibes en situación de riesgo para armar con ellos un grupo de teatro callejero, Ramón estuvo en la reunión inicial sólo por inercia, arrastrado por el entusiasmo de su primo Andrés, que integraba una murga en Yapeyú desde hacía unos meses y venía llenándole la cabeza hablando maravillas de su experiencia con el redoblante, la pintura y el disfraz. A la semana siguiente, sin embargo, Ramón fue al primer ensayo por propia decisión. No supo muy bien qué buscaba, sólo sabía que el hombre del aro en la oreja lo había mirado a los ojos y sin desprecio.

      La timidez, sin embargo, le jugó en contra desde el principio. Se enredaba aún en los parlamentos más simples, tartamudeaba, le costaba modular la voz para que sus palabras resultaran audibles y, sobre todo, se quedaba duro, sin reacción, ante el menor traspié. Preocupado por no poder revertir tamaño grado de inexpresividad, el hombre del aro en la oreja optó por recurrir a lo básico: “Vamos a hacer lo siguiente, Ramón”, le dijo una tarde, poniéndole una mano en el hombro, con la actitud típica de los directores técnicos que dan instrucciones al jugador suplente que está por ingresar. “Cuando yo le grite al Gato ‘Me voy’, vos vas a entrar llevando unas cajas, entonces yo te atropello, vos tirás las cajas para arriba y te caés de espalda”. Ramón no lo dijo, pero sintió un profundo alivio al saber que, por lo menos, no tendría que aprenderse un texto de memoria y repertirlo delante de todos los vecinos. Pero las dificultades no se acabaron allí: la primera vez que ensayaron la escena, Ramón cayó mal y no se desnucó por milagro. Con una paciencia a prueba de contratiempos, el hombre del aro en la oreja le enseñó la técnica circense para caer sin golpearse y, de a poco, las cosas empezaron a salir con mayor fluidez.

     La tarde prevista para la representación era similar a esta. Hubo música, títeres, hubo una taza de chocolate caliente para todos los chicos y hasta actuó la murga de Yapeyú en la que tocaba Andrés. Cuando llegó el momento de la obra, Ramón se ubicó detrás de unos carteles y, en involuntaria imitación de la estatua viviente que había visto una vez en la peatonal, se quedó parado con las cajas listas en la mano, como si le hubiesen confiado una reliquia y tuviese miedo de arruinarla o de perderla. Estaba asustado; un pececito inquieto empezó a retorcerse en su pecho, retaceándole el aliento. Era como si le hubiesen puesto el alma en una prensa. Cuando escuchó que le daban el pie, creyó que le iba a reventar el corazón. Tragó saliva y salió de las sombras con esa dosis fugaz de inconsciencia de quien se tira a un precipicio. Tal cual estaba previsto, el hombre del aro en la oreja vino corriendo hacia él y se lo llevó por delante. Ramón se desparramó aparatosamente sobre el piso mientras las cajas volaban. Escuchó las carcajadas del público. Tendido, mirando el cielo luminoso de julio, escuchó las carcajadas y se sorprendió, como quien descubre en un recodo del camino un paisaje inesperado. Escuchó las carcajadas y fue como si unos brazos tibios lo abrigaran. Escuchó las carcajadas y hubiese querido quedarse así para siempre, atesorándolas, pero el Gato, con nula sutileza, se encargó de recordarle por lo bajo que la obra seguía y que él debía salir de escena.

     “Che, ¿por qué te quedaste tanto tiempo tirado en el suelo?”, le preguntó el hombre del aro en la oreja un rato más tarde, cuando todo habia terminado y la plaza ya estaba sumida en esa melancolía viscosa que sucede a toda fiesta. “Estaba escuchando la risa de la gente”, explicó él. Y enseguida, sin sospechar el desamparo sideral que evidenciaban semejantes palabras en boca de un chico de 15 años, agregó:  “Nunca nadie se había reído conmigo”.

      El guitarrista melenudo concluye su actuación y los vecinos lo ovacionan. Ramón se desentiende bruscamente de los recuerdos y se concentra en el ahora, en el trajín de la gente del sonido, que trabaja cerca de él. El presentador pasa a su lado y consulta: “¿Estás listo?”, Ramón asiente y ve cómo el hombre camina hacia el centro del escenario, toma el micrófono y comienza a hablarle al público con énfasis festivalero. Él se queda aguardando expectante. La timidez no lo ha abandonado y todavía siente el aleteo del pececito en los minutos previos, pero no le importa porque ya se acostumbró: hace años que visita hospitales y recorre los barrios más pobres de Santa Fe con su vocación solidaria a cuestas.

      “Con ustedeeeees…”, anuncia el presentador. Ramón se acomoda el sombrero por última vez y verifica que la nariz roja esté bien ajustada. Después, traga saliva y sale a escena. El chico con el que nadie se reía finge que se tropieza y realiza una acrobática pirueta. Un centenar de carcajadas llega hasta él para abrigarlo.



*De Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar
 
 
 
 
 
*
 
 
Quiero
un día mío
para mí,
podría ser un jueves
<>
y no sabría
qué hacer con él.
Si fuera limpio
si viniera
de niño
y banderines
plural
pletórico
peleándole
hilachas
a la lluvia
que mata barriletes.
 
 
*De JORGE ISAÍAS. jisaias46@yahoo.com.ar
-Lluvia de marzo. Colección de Poesía  ÍCONO nº4. Editorial Ciudad Gótica.
 
 
 
 
 
 
CONSEJOS*
 
Hay una fiesta de cumpleaños en la acera de enfrente. Escucho a la mamá de mi pequeño vecino darle consejos mientras le acicala el trajecito:

-         No te lances a la piñata porque te vas a arañar, no juegues en el patio porque te ensucias los zapatos y la ropa, si en la rifa no te toca lo que tú quieres, no protestes ni pidas cambiar el regalo con otro niño, no grites cuando veas a los payasos, no des vueltas antes de ponerle el rabo al burro porque te mareas, no pidas tocar al perro porque lo tienen encerrado, y sobre todo, no estés preguntando cuándo van a picar el cake – le da el retoque final y un beso en la frente -, bueno, mi amor, ve y que te diviertas.
-         ¿Podrías repetirlo, mami? – le dice el niño.
-         ¿Todo? – responde ella asustada.
-         No, esa última parte, a ver si me la creo…
 
*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba.
 
 
 
 
*
 
A mi papá
 
Como dice Celeste Carballo
En tus ojos de cielo gris
En tu pluma de escribano
Con esa voluntad de trabajar hasta los días Domingos
He tomado tu modelo
Se que no he sido como vos hubieras querido
Ni como también yo deseara
Pero guardo en tu silencio de nubes
El esfuerzo por entender
Las melodías de un destino
Que suelta eslabones de nobleza
E intento soslayar los abismos de la cotidianeidad
Intentando descubrir el amor
Cuando quieren quebrantar mi esencia
Ante la injusticia y el desamparo.-
 
 
 
 
 
 
 
MALDICIÓN DE NIÑO* 
 
El pequeño camión verde con capota de lona blanca, comenzó a fallar y marchaba de cuando en cuando, a los tirones, tosiendo, protestando, y mermaba su ya escasa velocidad; aunque por momentos se recuperaba, y por un largo trecho volvía a andar raudamente. En lo mejor, el ronroneo rumoroso se interrumpía, y volvía la angustia amenazante de quedarnos en el camino, faltándonos todavía la mitad del regreso a casa.
Aquella mañana fleteamos una carga de muebles, enseres y demás pertenencias de una humilde mudanza, hasta la localidad de Romang, no más distante de cincuenta kilómetros, pero que el modesto transporte requería bastante más de una hora de buena marcha.
Era debido a que en aquel tiempo, estábamos en 1948, ya tenía sus buenos veinte años en sus espaldas, pero sobre todo por lo precaria de su ingeniería. Parecía haber sido montado con partes adaptadas, aunque en los orígenes, esos vehículos aún no habían evolucionado lo suficiente; eran pequeños, el motor de cuatro cilindros era el mismo de los autos de calle, y su capacidad de carga era más bien moderada.
Aparte de la capota de lona, tenía amplios guardabarros negros, salientes y acucharados, típicos de las primeras décadas del siglo veinte. Creo que sólo las ruedas eran más reforzadas y rollizas que los autos, y tampoco tenía duales, como ya eran comunes en los camiones más nuevos. Eso lo convertía, en un módico transporte de corta distancia, especial para acarreos y fletes locales, donde tampoco la velocidad era importante.
Era frecuente que lo manejara mi hermano mayor, que ya tenía trece años, y lo acompañara yo, que ya andaba por los ocho; siempre claro, que no fuera en los días ni horarios de clase. A veces en los tramos firmes y llanos, (todos los caminos de entonces en la región, eran de tierra), mi hermano se tentaba, y lo iba acelerando más y más, hasta “pisarlo a fondo”, y eso hacía que el velocímetro; temblando, avanzara lenta y penosamente hasta los setenta, e incluso setenta y dos kilómetros por hora. Nadie en su sano juicio, ni él, se hubiera animado a mantener por mucho rato esa velocidad, ya que todo amenazaba desintegrarse, empezando por el tren delantero y la dirección, que requería toda la fuerza del conductor para mantenerlo en el camino, así como el trepidante motor que parecía zumbar y bufar al borde del colapso.
Pero tenía fama de guapo, ya que a ese modelo precisamente, lo conocían como “Chevrolet 4, El Campeón”. También tenía sus particularidades, como el sistema de alimentación de combustible, conocido domo “Steward”, que aspiraba del tanque por vacío de los cilindros, y luego llegaba al carburador por gravedad. Requería un blindaje seguro en todas sus conexiones, para que no hubiera filtraciones de aire. Si esto pasaba, el combustible no llegaba al alimentador y el flujo se interrumpía. El motor podía, como decía papá: “hacernos renegar”, e incluso dejarnos en el camino, como amenazaba en esta ocasión.
Tras normalizarse un momento, volvió a fallar,  hasta que finalmente, al llegar al principio de la gran arboleda, que bordeaba y cubría el camino, con añosas y gigantescas “tipas,” por varios kilómetros a la altura del paraje de “La Lola”, el camión dijo; ¡basta! Y tras dos o tres tironeos y sacudidas del motor, se detuvo apagándose, mientras por impulso, y poca eficacia en los frenos, el camión continuó unos cuantos metros antes de detenerse.
Después, todo quedó en el  profundo silencio, y la quietud de la siesta del aquel incipiente verano, nos hizo sentir en la mayor soledad e impotencia. Sólo podía percibirse el arrullo del flamear de la brisa entre las hojas, el aislado arrumaco de alguna paloma en la altísima fronda del boulevard, el apagado roce y el crujido de una rama podrida, que caía y rebotaba sordamente contra el suelo.
Mi hermano y yo descendimos teniendo adelante el frondoso e infinito túnel sombreado, y a nuestras espaldas el camino ya recorrido, ancho y polvoriento, donde el sol daba de lleno, haciendo reverberar el horizonte y formando algo más cercano, la ilusión de un lago somero de aguas plateadas y temblorosas, como un espejismo. Sobre el campo cercano que se mostraba verdoso y parduzco, por la madurez del girasol temprano, una pareja de ”teros” cacareaba amenazante, volando en extensos círculos, ora bajo, ora algo más alto, temerosos y alertas, ante los extraños recién llegados.
Levantamos el “capó”, la cubierta del motor, sabiendo que era el bendito tanque de vacío, que estaba chupando aire en el sistema. Probamos a tocar y mover los caños de cobre, ajustando las tuercas y sobre todo rezando para que vuelva arrancar, y aunque tironeando, nos llevara lentamente a casa. Aún no habíamos almorzado, y esto se sumaba a nuestra angustia. Probamos a darle arranque, una y otra vez. Nada. Teníamos un par de herramientas para estas emergencias; una pinza, un destornillador, una llave “pico loro”, alguna de boca, un martillo y casi nada más.
Podía ser el flotante, o la junta de la tapa del tanque; pero era poco conveniente tocar eso, porque podía deteriorarse la junta y empeorar las cosas. Nos quedaba lo que sería lo más probable, revisar las conexiones. Mucho no podía hacerse. Lo que casi siempre resultaba era hacer un engaste con hilo de algodón, como una junta entre los terminales y las tuercas que los ajustan. Era una tarea difícil, nunca conseguíamos sellarlos totalmente. Cuando el vehículo era nuevo, seguramente funcionaba de maravillas; pero desgastado, aflojadas las conexiones por las fuertes vibraciones propias, sin el mantenimiento correcto, esto se convertía en un martirio. A veces se solucionaba, y más adelante fallaba todo de nuevo.
En ese trance, había que reconocer que éramos insuficientes, ¡Qué falta nos haría la ayuda de una persona mayor! En aquellos tiempos, quienes transitaban las rutas, necesariamente eran capaces de solucionar casi todos los inconvenientes, los mecánicos, y los de otra índole. Pero todo era soledad, en aquella aciaga siesta veraniega.
En eso en el horizonte se dibujó un pequeño bulto, que poco a poco fue agrandándose. Mi hermano respiró con alivio. Todo el mundo se paraba a auxiliar a quién sufriera un percance, y estuviera a la vera del camino, detenido y requiriendo ayuda. Era un código sagrado.
Del bulto lejano fue surgiendo un auto, que venía a buen ritmo, trayendo detrás una remolineante nube de polvo, pero no daba señales de detenerse. Mi hermano se corrió más al centro del camino, y ambos hacíamos señas para que se detenga. El auto tuvo que abrirse un poco para esquivar a mi hermano, pero no mermó siquiera la marcha, y pasó sin mirarnos; pensamos que estaría verdaderamente apurado, para no brindarnos la más mínima atención.
Pensar que un momento antes nos creíamos salvados. Ahora mirábamos en silencio como el auto; una rural último modelo, con costados lujosos de cedro lustrado, seguía alejándose, insensible, indiferente…
Mi hermano en su impotencia le lanzó una maldición. Con toda la bronca, como quién tuviera el poder para clamar venganza… Levantó su pequeño puño cargado de nefasta energía…
-¡Hijo de tu madre!¡Ojalá se te reviente una cubierta!...- y luego en voz más baja, fue agregando aún más condiciones…-¡y que no tengas rueda de auxilio, o esté pinchada!…-, y otras cosas por el estilo.
El fuerte “¡Plooof” nos llegó seguido por el eco de los troncos de las plantas. El auto zigzagueó un instante y se detuvo algo atravesado en el camino. La nube de polvo se fue desvaneciendo… Pudimos ver desde nuestra ubicación, que la rueda delantera izquierda estaba ahora en llanta…
El conductor trabajó arduamente, pero tenía dificultades con el piso algo blando del boulevard, y al parecer no conseguía afirmar el “gato”para levantar el auto.-
Mi hermano saltaba de contento, no entendía cómo había sucedido, pero se sentía ampliamente “resarcido”, y pateaba el suelo riéndose mefistofélicamente, quizás en el fondo, tenía “poderes ocultos”…
Un buen rato después conseguimos que nuestro “Steward” funcionara, y el motor arrancó lo suficientemente bien como para proseguir viaje.
Cuando pasamos al lado del lujoso automóvil último modelo, ambos contuvimos apenas las ganas de soltar, una estruendosa carcajada…
 
 
*De Celso H. Agretticelsoagr@trcnet.com.ar    
*Texto incluido en La raíz del BAMBÚ.  Edición de autor. Avellaneda. Santa Fe 2012
 
 
 
 
 
 
 
*
 
 
Buscando metáforas en el cielo
Veía lucecitas de frutas abrillantadas
Por un carril de nebulosa
Vi viajar un trineo
Cruzaba a  través del espacio que presumía
 Noticias de buena aventura
Coronaban los ángeles
Con  luces de bengalas
Las alforjas en las que contenían
Los pedidos de los niños
Escritos en letras manuscritas
De lo que querían que les trajeran
Para las fiestas de Fin de Año
Eran estelas de deseos de tener juguetes
Para conquistar los momentos de alegría
Los cascabeles repiqueteaban con desparpajo
Intentando llegar a la estrella de Belén
Ante mi sorpresa
Imaginé ser una mas pidiendo
Los principales deseos para mis amigos
Esos que tienen la hermandad de acompañarme
En los momentos de valiosa honestidad
Y en la confianza.-
 
 
 
 
 
 
 
 
 
El oficio solitario de la imaginación*

 
*Por Marcia Bredice. bienvenidacassandra@hotmail.com
Hay un riesgo en leer tempranamente: olvidar que todo aquello que se lee es ficción y asumir lo leído como real. Tal fue lo que, a fuerza de mimetizarme con los significados de las formas, me sucedió a los diez años. Leía Quiroga y demoraba horas de sueño porque tenía miedo a mi almohada. Leía Allan Poe y
sentía que dentro del placard latía un corazón delator. Leía Roberto Arlt y subía escaleras repitiendo los viles adjetivos de Erdosain o de Erguetta o del Jorobado (que en la vida tenemos a veces la necesidad de ser canallas, de ensuciarnos bien adentro, destrozar a alguien para siempre). Leía
Cortázar y creía entender que la filosofía zen y la simbología de las cosas eran parte constitutiva de cualquier sistema de pensamiento y que en algún lugar me encontraría con Horacio Oliveira hablándome de París.
Entender el mundo como una serie de correspondencias lo imbuía de misterio y lo convertía en una verdadera ficción, aun más verosímil que la propia realidad. Así fui entendiendo que encontrarme a la vuelta de una esquina con los personajes que elucubraban en mi cabeza (como encontrarme con alguien
que no veía desde hacía mucho tiempo) no era una mera casualidad, sino la configuración premeditada de una serie de elementos que, ordenados, abreviaban el lacónico movimiento prospectivo de la filmografía de mi vida.
La imaginación comenzó a ser mi mayor ocupación.
Encantada de poder entender estas cosas, supe que a la vida sólo se la podía vivir de una forma: descalza y leyendo. Convirtiéndola en ficción y anulando las acciones secundarias de personajes secundarios que no podían más que demorar los buenos desenlaces. Recreando sus puntos débiles, haciendo primeros planos de lo importante, rellenando con detalles los ambientes, rompiendo la naturalidad de lo cronológico con el flashbacks de la memoria.
Si para sacudirme las páginas leídas de Camus durante seis días iba a las páginas de Pauls, encontraba que unas hacían eco de las otras, que en La vida descalzo estaba un poco El verano y que las viceversas no eran ideas forzadas de coincidencias, sino profundas búsquedas en las que dos autores se miraban en espejo para que yo, con mi desequilibrada brújula del sentido, pudiera sondear en los infinitos mapas de la intertextualidad. Y en ese infinito recorrido me perdía, siempre, gustosa de encontrar escaparates en
los puntos finales.
Ni la lectura ni la escritura estuvieron lejos de mi pulso vital. Tan importante como leer y escribir fue respirar y amar y amanecer con los libros desordenados sobre la cama.
Se multiplicaron las páginas y los lomos y las cubiertas y las portadas. Los libros fueron llenando los estantes, los anaqueles, las horas, los recreos.
Se apilaron libros en el baño, en la mesa de luz y en los rincones inútiles de los muebles. Y el mundo se llenó de jorobados y farmacéuticos neuróticos que leían la Biblia y hablan de prostitución; de conejos señalando agujeros por donde escapar a otra dimensión. Y empezó el ejercicio de las formas y las líneas, de los anversos y reversos de la trama. La ocupación trocó en oficio y el oficio dio páginas y críticas.
La realidad no existe si no hay imaginación para verla anota Paul Auster y reescribo yo en esta contratapa. Y esa imaginación creativa sólo puede comenzar en la penumbra de la soledad. Sólo en la torre de la solitariedad, la memoria baja hasta las napas para rescatar el oficio primero de la invención. Baja y le acaricia la frente y le da de comer, como a un pajarito desplumado después de una tormenta.
 
 
 
 
 
 
Que se le va a hacer*
 
Cuando era adolescente me gustaba un chico. El muy bien parecido, amigo de mi hermano,  morocho de ojos verdes, y sumamente atractivo.
Como vivía a la vuelta de mi casa, yo “le hacía la pasadita”.
Salía con mi perra a toda hora y  mis ojos hacían de  catalejo espiando si el fulano iba a aparecer….
Una tarde, por fin me lo encuentro,  él estaba en la vereda con su perrita.
Luego de un Hola ¿que tal?
El morocho me insinúa: - ¿que vas a hacer más tarde? Le respondo nerviosa: NADA
Y al instante me dice seductoramente:- ¿no me podes sacar a pasear al perro?
……
 
 
Azul endiabladamente  Azul.- Ja
 
 
 
 
*Inventren Próximas estaciones: 
 
ORTIZ DE ROSAS.
-Por Ferrocarril Midland-
 
 
BLAS DURAÑONA. 
-Por Ferrocarril Provincial-
 
 
 
 
 
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