viernes, 19 de octubre de 2012

Prólogos de Antonio Leal


Me he atrevido, porque me lo pidieron sus autores, redactar dos pròlogos para la publicaciòn de un futuro libro de poemas. En primer lugar, para que se escriba un pròlogo, debe de gustarle o interesarle al prologuista el libro. Incluyo aquì dos poemas del libro Exhumaciones del poeta hondureño Samuel Trigueros, sin duda, pienso, una voz centroamericana bien definida. Espero que le encuentren las aristas con las que yo me encontrè al recibir su libro. Esta es la segunda ocasiòn que me atrevo a manchar con mis palabras un libro que no es mìo. AL



otro ladrillo de
MI MURO FEISBUK


Umbrío por la pena dice (hace pocos minutos):

¿Opción?:
Desconectarte.
Y así,
desde la impunidad de lo invisible,
ver
la lenta
caída
de
mis astros.


Astronauta desolado dice (en su antepenúltimo segundo):

Escucho un susurro del hogar.
Me voy. Comienza el viaje...

Escritor desempleado dice (hace varios meses o vidas):

Reparo casas abandonadas a la orilla del mar
o en medio del bosque
(Excepto trabajos de electricidad, lo cual resuelvo con antorchas en el jardín, lámparas de papel china y botellas aéreas con el corazón ardiente).
Dejar mensaje.


Enamorado revolucionario dice (herido por la distancia y los cuerpos represores):

Voy al país indómito del sueño, a buscarte, a buscarnos. Si nuestra hora llega, envíame un telegrama urgente con todos tus latidos, tambores rojos y soles en las manos. Tendré lista mi bandera; y el corazón cantando, liberado, nos ha de hallar en nuestra patria reinventada.

Enamorado revolucionario dice (mientras el régimen intercepta su llamada):

Hoy leí palabras tuyas, hoy tu recuerdo se unió a tu voz, hoy sentí de nuevo un corazón adentro de mi pecho, hoy me visitó el paraíso...


Aorta derecha dice (hace un minuto):

Nada mejor para el arte de cualquier artista que la conciencia de estar muriendo.


Habitante de Tegucigolpe dice (hace un minuto):

Y no hay ninguna brisa marina que arrastre lejos el innombrable olor a muerte de este lugar.

Aorta izquierda dice (hace un segundo):

Nada mejor para el arte de cualquier artista que la conciencia de haber vivido.

El Vizconde demediado dice (la mitad parlante):

Nunca son dos los héroes en el duelo, aunque a la hora de enfrentarse oficie bodas la muerte con su sangre.

El escarabajo dice (en su jardín geriátrico):

Florecen esperanzas en las estepas del recuerdo, en los inmensos estercoleros del pasado.

Viajero frecuente dice (en esa hora incierta):

Una finísima membrana separa sueño de vigilia. Nuestra adicción y pena es cruzar, una y otra vez, la aduana.

Un descendiente de Sartre dice (desde el limbo):

El más allá son las virtudes de los otros.
El más acá son tus miserias personales.


La señorita Cora dice (con su mano en mi frente):

En la cima de la fiebre hay un instante de infierno que, de pronto –llegado el dolor a la inconsciencia-, se transforma en paraíso. Entonces, los blancos pabellones son pétalos de cerezo y los rostros tienen sonrisas sobrenaturales.


La nube densa dice (a punto de ser invierno):

Bajo la noche
-en otro instante de su crecimiento-
está la roca.

Un publicista del GUN dice (entre líneas de un racional):

No hay poesía sin marketing.

El Mirmecoleón dice (miccionando su nombre en el polvo):

Y, si orinara chorros de luz, ¿También se ofendería Su Excelentísima Tiniebla?

Magister dixit (en el desierto):

Error de párvulo es pensar que cada eructo de la mente es un bocadito de intelecto.

W. H. Auden dice (entre 1907 y 1973):

La poesía no hace que ocurra nada: sobrevive / en el valle de su concepción.


El Cadejo dice (luciendo el traje del astronauta desolado):

Toda la poesía habida
             o por haber no mueve
Una sola piedra
En el desolado amanecer cósmico
De la luna.
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PIGS

“He visto amigos que Circe volvió cerdos. Su rueda, su diamante.
Los cerdos no saben mis abrigos, mercenarios de las sombras”

Edilberto Cardona Bulnes


He degollado cerdos, pero Circe insiste en multiplicarlos. Ellos eran los mercenarios de la educación, los mercenarios del arte, los mercenarios de las relaciones públicas, los mercenarios de la publicidad y del mercado; ellos eran los mercenarios de la poesía: hacían tornillos, amistades, versos; se ponían trajes y aretes, asistían al gimnasio de la conveniencia, pesaban clavos y cemento en la balanza chueca de la voracidad; dejaban tras de sí un perfume exquisito bajo cuya alfombra yacían los cadáveres. He degollado cerdos que Circe resucita y los emplea en la administración de los nuevos paraísos artificiales, en la distribución de  miasma. Collares de ajo dio Circe al empleado del mes, palmaditas en el ego, interminables fricciones en la comisura del glande por donde un líquido salía y quemaba el orbe. Oigo las gárgaras de mis cerdos degollados, continuamente suturados, sanados con emplastos de hipocresía, con bálsamos de lujuria destilados de la bombilla roja. Eran, medianamente, revolucionarios: tenían, todos, camisetas rojas, volúmenes incunables de El Capital; todos se habían tragado las ochenta y siete horas de “The cure of  insomnia” y en sus cabezas brillaba la mitra del mercado. A veces –sobre todo contra la melancólica luz de los atardeceres- sufrían ataques terribles de ternura, conceptual y metódica. Entonces era fácil verlos de puntillas evitando masacrar a las hormigas o extinguir los geranios. Expertos en hacer la ola a espaldas del corazón de los océanos, ellos, ellos, domesticaron el ardor, taponaron con eslóganes los cráteres humeantes, pusieron válvulas finísimas a la protesta, aceleraron el motor de la pubertad; apuñalaron el misterio con Comisiones de la Verdad, empalaron a los juristas, fundaron la oenegé del asco, ellos, ellos, los cerdos que degollé entre líneas, los cerdos, los bohemios de ojos glaucos que derramaron espejismos entre los barrotes de mi celda, los cerdos que doraron la concupiscencia de los diplomas y la diplomacia, los cerdos que cantaron engolados con radiofónica voz en mi funeral, los cerdos que reclamaron derecho de pernada en mis bodas con la eternidad, los cerdos que patrocinaron mi tristeza para ver el anuncio de mi desesperación, los cerdos, los cerdos, los cerdos, ciertos amigos, cerdos a los que degollé sin saberlo, hasta ahora que los he perdido y veo devorar los manzanos maduros que caen como galaxias rojas del árbol que alimenté con paciencia y con el resplandor de mis huesos.






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1 comentario:

  1. Gracias por difundir la poesía, Antonio, Trajín..., compañeros de este viaje.

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