viernes, 7 de septiembre de 2012

La fauna exaude, de Antonio Leal


Editado por Conaculta, próximamente estará a la venta: 


Dos poemas centrales del libro que estarà muy pronto en las librerìas de todo el paìs a cargo del CONACULTA.   

*RITUAL DEL TIGRE

    Al poeta Jaime Labastida


En el adytum de su cueva

  el jaguar ventea

  el erial donde -en el trópico–

la selva ciega

  con imposibles bejucos

  todos los caminos,

con tupidos silencios

  que sólo oírlos duele,

  con semillas de miedo

que dondequiera crecen,

  con sofocantes olas

  de un maremágnum verde.

En el lenguaje de su piel,

  como un mandala,

  como una pandorga que vuela

ornada de eclipses

  que van rumbo

  a ignotas constelaciones estelares,

transcurre la noche

  que muere en manos del día.

  En el trasiego de las horas


vela sus zarpas,

  les devuelve suavemente

  el nácar a lamidas.

Con babeante molicie

  restaña una a una

  sus heridas;

con su lengua salvaje

  les da un guiño de ternura.

  Sacerdote tigre

con mirada de basalto,

  su linaje viene del tiempo

  de las piedras solares.

De estuco es su memoria

  inscrita en las estelas.

  De chilam es su rostro,

de balam su máscara:

  su nombre está en la raíz

  de todos los libros de piedra.

Oficiante divino,

  augur de las chivalunas,

  él es quien recibe

el cuerpo de la víctima,

  al tèrmino de la tarde,

  en el pok-ta-pok vencida.


Hierofante invoca el libro del ritual,

  el mandamiento que consagra

  arrancarle con las manos,

con todo y raíz, el corazòn

aùn con vida,

  al hèroe vencido en el juego de pelota.



*LA FAUNA EXAUDE
    
          A la memoria del maese Juan José Arreola

En lo profundo de mì,
  en donde vive,
  el iconoclasta tal
y como siempre igual
  al que he sido;
  quien me guiña un ojo
tras la luna del espejo;
  quien llega puntual
  a nuestras citas,
-algo en lo que nunca
  hemos convenido-;
  con el que hablo siempre a solas,
entre amigos;
  a quien encuentro
  in fraganti las veces
 que es necesario hablarnos
  frente a frente,
  sin importar un bledo a nadie
cual comienza
  entre ambos
  a hablar primero
sobre un banal asunto
  cualquiera;
  quien exaude mis lamentos; 
a quien tengo como
  pròjimo ofreciendo al Cielo,
  desde mis labios,
la oblaciòn del dìa,
  pidiendo por los dos
  el pan que es nuestro;
quien apacienta el hato
  de iras fieras
  que agazapadas lleva uno dentro;
al que miro mirarme
  y ve que envuelvo
  algo en secreto,
 nòmade,
  que a duras penas
  moja la esquina de un pañuelo.
¿Quièn de los dos
  es el que implora cierto
  entre un coloquio de ávidos reflejos?
¿Còmo puede hoy vivir
  cada uno lejos
  del otro,
si ambos nos quedamos ciegos,
  trasteando -como sea-
  nuestra idea inútil del mundo,
sin poder nunca conocernos,
  rotos?
  ¿El mundo es menos mundo
sin nosotros
  nombrarlo?
  ¿quièn se ocupa de lo opuesto?
¿Què hay en el envès
  de un silencio?
  ¿Què sitio nos arropa
en este lòbrego desierto?
  ¿Quièn convoca?
  ¿Quièn reúne
rasgos del otro rostro
  de uno mismo?
  ¿Si todo fuera al revès,
a modo
  de que yo viera,
  desde el otro,
còmo seas tù yo
  y tengas que medrar
  en esta carne,
y sòlo a ti te duela
  el universo
  cuando alguno de los dos se muera?
Si quieres,
  yo podrìa andar la vida
  en que tù fueras;
relegarte algunos asuntos
  que debemos dar por hechos;
  tener,
incluso,
  el nombre que prefieras:
  Juan,
Pedro,
  Lucas,
  Pablo o Mateo,
poeta,
  arùspice fidedigno,
  loco,
adivino,
  Edipo ciego,
  Tiresias,
Fausto –últimamente-,
  Narciso,
  augur,
célibe adicto,
  falsario,
  blanco de mentiras,
sabatario apòstata,
  abortivo sin remedio,
  veedor de asuntos nada ciertos,
oh deìfica vigilia:
  ¡ser el bardo!.
  Tambièn,
¡Dios nunca quiera!,
  puedes ir,
  cuando alguien muera,
a tu propio entierro.
  Puedes decir que soy
  un mala sangre,
fallido musicador de lo inefable,
  nòmade estepario
  que musita en horarios quebradizos
tu nombre en el olvido.
  En absoluto puedes
  ser tù la anáfora,
el autor,
  quien transcribe
  en cada verso mi epitafio,
tù,
  el semàntico deicida,
  tù,
el escoliasta,
  tú,
  hipócrita lector,
mi semejante.* Antonio Leal.- Poemas del libro La fauna exaude.


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