miércoles, 4 de mayo de 2011

Inventiva social. Con agua y con besos...

-Ilustración: Ray Respall Rojas.
 
 
 
 
TRISTEZA*

Tener un hijo, amarle hasta el dolor
Y no poder comprarle chocolates;
Pasar de largo por las vidrieras repletas de juguetes;
Saber que no lograremos llenar su estómago;
Tratar de hacerlo crecer
Alimentándolo de historias.
Curarlo con agua y con besos...
Ver partir a los padres
Al lugar donde no podemos seguirles,
Saber que demorará el reencuentro,
Que hemos de permanecer en este mundo loco,
Aunque vivir duela tanto a veces,
Educando a nuestros hijos con cuentos y caricias,
Curándolos con agua y con besos...
Aprender a vivir con tantas penas,
Porque el dolor verdadero nunca pasa.
Aceptar las leyes que nos impone la vida,
Saber que no hicimos felices a nuestros padres,
Ni a nuestros hijos,
Que faltaron juegos, regalos, mimos, dibujos,
Que no alcanzó el tiempo.
Que habremos de partir a nuestra vez,
Sin llegar a ver los frutos que sembramos,
Sabiendo que nos van a llorar, aunque sea en vano,
Que no habrá más auroras,
Ni más garabatos, ni poemas, ni cometas en el cielo,
Que tal vez no haya otra vida más que esta
De la que nos curamos con aguas
Y con besos.

*De Marié Rojas Tamayo.
La Habana. Cuba.
(Publicado en el libro arte Mujer, Soledad y Violencia, editorial Gente con Talento, Colombia)
 
 
 
 
CON AGUAS Y CON BESOS...
 
 
 
 
 
ABUELA TERNURA*
 

 
Tenía un carro y un caballo con el que llevaba verduras y frutas de barrio en barrio.
Pero no era “el Verdulero”, era Don Cosme y cuando viejo “El Abuelo Cosme”.
El caballo llevaba una mantita tejida al crochet por Emilia, su mujer, que era “una Santa”: cuidaba los hijos,  a él “su marido”, la casa, el carro, el caballo, el perro, la gatita, los canarios de la jaula y hasta la lora del parral.
Don Cosme salía a la madrugada de lunes a sábados, al Mercado Central y detrás de su carro un cartelito vociferaba: “…Mirá mi carro de arriba a bajo, yo lo gané con mi trabajo…”
Mientras un farolito a querosene le daba luz y efecto con su bamboleo.
Emilia le ayudaba a atar el caballo, le ponía la mantita, le acariciaba las crines, mientras le cebaba mate y se quedaba después de un beso ruidoso en la mejilla, con éste en la mano izquierda, apoyada en su corazón y la derecha saludándolo hasta que en la primera curva desaparecía el farolito danzarín.
A la tarde con la caída del sol, Cosme regresaba, ella lo esperaba cronométrica parada en la puerta y otra vez tenía un mate calentito apoyado en su corazón y la mano derecha en alto haciendo señas; descansaba cada tanto para acomodar su peineta, sujetándose el pelo que el viento desordenaba.
En el patio,  una silla de paja, una toalla y una palangana con agua y sal, eran el premio de amor a Cosme que llegaba cansado, sudoroso, con los pies hinchados como empanadas.
Él se desmoronaba en la silla y se rascaba las sienes sacándose la gorra.
Emilia liberaba sus pies, retirando las alpargatas y los ponía uno a uno amorosamente en el agua.
Los acariciaba y con el pan de jabón los masajeaba con ternura, agregando de tanto en tanto agua caliente de una pavita negra, que hervía en el brasero.
Y así empezaba el diálogo.
_ Vendí mucho, poco, nada, me estafó la gringa, perdí un manojito de billetes, llovió bastante y paré debajo de un toldo. Luego sequé al caballo.
_ ¿Y vos?
_ Yo seguí así nomás. El caballito es único y si se enferma nos quedamos sin trabajo. La lechuga estaba muy cara, compré medio cajón y vendí dos plantitas; La papa como siempre. Llevé veinte kilos y los vendí todos; la fruta poco, la gente no tiene guita y compra lo justito. En el bolsillo de mi saco está la libretita del fiado.
Emilia revisaba…
_Hay muchos atrasados.
_ Pero yo les vendo igual vieja, porque esa pobre gente tiene chicos y comen mucho. Ya pagarán.
Ella le secaba los pies, le ponía las chancletas y le cebaba mate mientras hervía el puchero con todas las verduras que él separaba,  porque no eran vendibles: las machucadas, las semipodridas y las casi resecas de varios días. Pero esa mixtura amorosamente depurada, exhalaba un vapor oloroso que servía de aperitivo para la cena temprana, porque había que acostarse para madrugar.
Pasados muchos años, la vida continuó y en un momento, dialogan con la foto de Emilia, su hija y su nieta…
_ Mamá Emilia, papá cuenta todos los atardeceres lo mismo antes de dormirse “…que un día vendieron el carro y el caballo porque él ya estaba viejo y eran más los días de enfermo que los que salía a vender… que los dos se abrazaron y lloraron mientras el comprador desaparecía en la primera curva y el farolito bailarín ya no se veía…”
_ Abuela Emilia, el abuelo se duerme sosteniendo una vieja fotografía tuya cuando eras su novia, con rozagantes diecisiete  años y pone una almohada larga junto a su cuerpo porque dice que extraña que no estés a su lado.
                                                                                              
 
*De Rita Bonfanti. ritabonfanti@yahoo.com.ar 

 
 
 
 
 
 
 
DE MIOPES Y REGENERADOS*


    
De cerca o de lejos. Es lamentable que sea necesario formular una respuesta; decidir, optar, cuando lo mejor sería no llegar a esa bifurcación de los caminos posibles.
     La operación de la vista permite que lo borroso en la distancia tome sustancia, que los árboles tengan hojas precisas y únicas en vez de un follaje indiferenciado, que los colores más allá se decidan a superar la timidez y se revelen por fin en la fuerza de rojos, amarillos, verdes, ocres, perfectamente ellos mismos y no ensuciados por la pátina general de la niebla perpetua.
     El retoque en la córnea impide que la distancia sea la excusa para borrar los edificios en la línea del horizonte, atrapa las aves en vuelo, echa fijador en el papel fotográfico. Las gentes tienen rostros, en los rostros esas mismas gentes lucen facciones, y abundan, más aún, en detalles como bolsillos y costuras en las prendas.
     Pero tal maravilla se conquista con las necesarias pérdidas. Ahora que lo lejano aparece claro, lo cercano, antes accesible y simple, se torna difuso.
     Las personas tienen una forma de caminar, de moverse, un ritmo y un abultamiento que son íntimos pero notorios, como si en cada pequeña acción se mostrase una exclusiva forma de relacionarse con el mundo. Un miope es quizás un entrenado y eficaz observador de esos grandes rasgos. Si no distingue el color de los ojos ni el grosor de las cejas, podrá percibir por las señales inequívocas quién es el amigo, quién el transeúnte ocasional, cuál el vecino que por no saludar finge distracción. Los delatará el largo de las piernas, el balanceo de los brazos, hacia dónde inclinan la cabeza o el bulto del peinado. Señales que irradian del cuerpo y son intransferibles.
     Quien ve de lejos, con memorizar los rostros tiene suficiente, y pierde el ejercicio adivinatorio, el diario ejercicio detectivesco del que está obligado a resolver acertijos para individualizar seres y objetos. Esta mancha vertical es un poste, esta mancha horizontal un pozo en la vereda, esa mancha que se mueve es mi primo Armando.
     Cuando se adquiere la visión de lo lejano y se detalla el universo, nos dan la noticia de que lo de acá nomás dará un salto a lo desconocido.
     Y vuelta a empezar. Ahora para presionar la botonera del teléfono es posible recurrir a secuencias lógicas de alfabeto y numeración, por ejemplo, y para distinguir entre un pedacito de chocolate y un bicho inmóvil se puede probar el objeto, aunque no resulte recomendable.
     No se puede ganar sin perder, entonces. Está escrito en la letra pequeña de los contratos.
     El que conquista las letras de los carteles es derrotado por las prescripciones de los medicamentos, y si notamos la forma del pico de los gorriones, perdemos las patas filigranadas de los escarabajos.
     Quizás sea, al fin de cuentas, la mayor pérdida la de descifrar a las personas por sus andares, y la de ser capaces de imaginar precisión en un mundo fundamentalmente incierto.
 
 *De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com 
 
 

 
 
 
 
A LA EULALIA LE FALTABAN 5 PA´L PESO*

Ha empezado a nevar y es primavera.
Los copos se disuelven en la fonda oscura de la Eulalia.

Claro, siempre se dijo a la Eulalia le faltaban 5 pa´l peso.

Nació silvestre, como las verbenas.
El hombre y sus circunstancias decidieron por ella.
Cuando quedó guacha, como un fardo más, la llevó el patrón
Como el trabajo en la Estancia era mucho.
Decidió que no fuera a la escuela.
Creció como los yuyos, a merced del tiempo.
Cuando el frío le llovía en los ojos se tapaba, toda, toda,
Cobija lana de su abuela, única herencia de su pasado.
Cuando las ubres, comenzaron a hincharse.
 La cabrillona fue cabra.
Como caen los chañares maduros, fue pariendo hijos.
Hijos de la sed. Del viento. Del hastío.

Siempre se dijo que a la Eulalia le faltaban 5 pa´ l peso.

Su ley fue contraria a la de las bestias.
"Que nazcan hembras así aumenta la majada."
Esta era la ley del hombre:
 "Que nazcan machos para que haya más fuerza de trabajo".
Cuando la única niña se anunció, el parto vino complicado.
Decidieron sacrificar la niña por la hembra reproductora.
Al poco tiempo el vientre fue creciendo, nuevamente, como la luna llena.
-"Que se va en sangre"-
-"Que el aborto es pecado"-

Ahora las 40 primaveras yacen en una caja de madera.
Los copos se disuelven en la fronda ingrávida de la Eulalia.
Las cotorras rezan y murmuran.
No hay lágrimas, ni congojas, ni un te extraño.
Claro, a la Eulalia le faltaban 5 pa´l peso.



*De Amelia Arellano
arellano.amelia@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
Apretados*

 *Por Rodrigo FresánDesde Barcelona
 
UNO, DOS, TRES, ETC. ¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio! Pero no. No hay. No queda. Ni siquiera esa línea blanca y muda para separar atronadores párrafos negros en esta contratapa. Tampoco puntos y aparte. No desperdiciarlas, no malgastarlos. Así que todo junto ahora, hoy. Se acabó el espacio y ni siquiera sobra para apellido de escritor. Así que eso es lo primero en salir eyectado, fuera, out, adiós. Un editor ahí. Sobran editores. Tachar con una X. Cut y paste. Se entiende, se comprende, aunque no se avise. Mar picada. No hagan olas. Demasiados tiburones. Al tablón y por la borda. Arrojar a los que osan demostrar cierto arrojo. No invitarlos a la fiesta de todos. Así, no cupo un alfiler de prendedor en Westminster, donde acuden todos aquellos interesados en que los pueblos sigan creyendo en cuentos de hadas, de príncipes, y de plebeyas ascendidas a princesas y –mi favorito– de Harry, que es el que de verdad se sacó la lotería. Tiene coronita sin necesidad de llevarla. Miré en los noticieros –toda esa jabonosa pompa y resbaladiza circunstancia, fenómeno histórico de rating, pastel y circo– y la verdad que me quedo con cualquiera de esas adaptaciones de clásicos victorianos y edwardianos de la BBC. Días antes del bien anudado enlace, otro incómodo, Martin Amis –pluma, espada y palabra– se despachó con gracia y furia contra la familia real. No cupo un clavo en San Pedro. Hostia y circo. Acelerada beatificación de retrógrado (todo) terreno. Curó a una monja, dicen. Ahá. Algo así como que a un escritor le den el Nobel porque a su madre le gustan mucho sus novelas. Y ya saben: movemos a la momia de Inocencio XI para que tenga mejor visibilidad la momia de Juan Pablo II, aquí ponemos un par de botellitas de sangre para venerar, va a quedar de lo más lindo, ya vas a ver. Y la misa continúa, saludos al Legionario Maciel y pídele a ese apetecible niñito rubio que te dibuje un cordero de Dios sentado en tus rodillas... No olvidarlo nunca: ésta es la gente –mudando cadáveres, adorando hemoglobina sobrante de una transfusión– que denuncia y condena los mensajes de sectas best-sellers. Me desintoxico viendo la nueva Furia de titanes. Muy mala. Pero cuánto más creativos, interesantes y mejor escritos eran los dioses antiguos. Y tanto mejores efectos especiales. Y todo el tiempo entre nosotros, bajando desde su olímpico conventillo para pasarla bien, para conocernos, sí, bíblicamente. Y sin necesidad de intermediarios. Así, del otro lado, Benedicto XVI decidió responder a algunas preguntas por televisión. Hubo quien celebró su “modernización”. Y pronto conversará con astronautas en órbita. Eso sí, entre dos mil interrogantes –parece que nadie se interesó por las difusas finanzas divinas o los escándalos de pederastia en el clero o las muchas acciones poco cristianas de la Iglesia durante momentos oscuros de la historia– el Sumo Pontífice escogió apenas siete dudas que le parecieron trascendentes: una de una niña sobre el tsunami japonés, una sobre el estado del alma de un comatoso (“Es como una guitarra con las cuerdas rotas”, explicó, y yo tan sorprendido porque hasta ahora pensaba que el alma era irrompible), otra de unos estudiantes cristianos de Irak que se sentían perseguidos, otra sobre la crisis en Africa, y nadie se jugó a preguntar cuántas plazas de estacionamiento libres quedan en el Cielo y en el Infierno. Pero sí hubo una de esas que me gustan tanto a mí –qué hizo Jesús esas horas entre la muerte y la resurrección– y que le hacen decir a este Santo Padre cosas más raras que las que decía Emmanuel Swedenborg. Así: “En primer lugar, este descenso del alma de Jesús no debe imaginarse como un viaje geográfico, local, de un continente a otro. Es un viaje del alma... El descenso del Señor a los infiernos significa, sobre todo, que Jesús alcanza también el pasado, que la eficacia de la redención no comienza en el año cero o en el año treinta, sino que llega al pasado, abarca el pasado, a todas las personas de todos los tiempos”. Ahá. Esta versión de Jesús como eternauta no causaría mucha gracia en la multitudinaria China donde, me entero, se ha prohibido la difusión de series y películas cuya temática sean los periplos temporales por considerarlas “monstruosas, promotoras de la superstición, el fatalismo y la reencarnación”. Uh. No cupo un puño en alto y abanderado en la Zona Cero y en Times Square –bang y cerco– por la alegría de saber a Bin Laden tocado y hundido. No cupo una aguja vudú en el Bernabeu y no cabrá en el Camp Nou, donde un paranoide Mourinho volverá a denunciar complots varios acusando a todas las personas de todos los tiempos. Messi es la eficacia de la redención. No va a quedarse sin trabajo. Pero faltan sillas en las oficinas para cobrar el paro español con casi 5.000.000 de desempleados. Algunos de ellos (prisioneros del tiempo libre, familias enteras entre paréntesis, comandos sin misión ni objetivo) se doparon con novios reales en el balcón y Papa en la mezzanina ascendiendo hacia a una santidad que no demorará en conseguir. Y me acuerdo de cuando se aseguraba que no se llegaría a los 4.000.000 de gente sin trabajo. Y la marea sube y las cifras crecen y leo en la revista de El País artículo acerca de la superpoblación. Escribe Vicente Verdú: “Más gente es más fiesta. La gente ama a la gente. Hace cola en los estadios, en los museos, al comprar un CD o un iPod, se hacina en los conciertos de rock y se amontona a la intemperie con la conciencia de que esa penalidad es parte importante del suceso... Demasiada gente abruma mucho, pero poca gente deprime. ¿Superpoblación? ¿Cuánta población sería necesaria para desencadenar el odio que las ratas se tienen cuando al multiplicarse se devoran entre sí?”. Me acuerdo del “Bilenio” de Ballard. Hemos estado haciendo el amor desde la Edad de Piedra y, para 1850, apenas éramos 1000 millones. Para 1930 ya éramos el doble. Y, de acuerdo, antibióticos y todo eso. Pero aun así... Este año alcanzaremos los 7000 millones. Los expertos hablan de colapso total. No van a alcanzar la comida, el aire, los metros cuadrados. Todo va a ser como Bombay, como el D. F., como el camarote de los Hermanos Marx en A Night at the Opera pero sin nadie que abra la puerta al final del gag. Otros apuestan a un mundo que se autorregula: cada vez nace menos gente (el contacto de los alimentos con los plásticos parece ser uno de los motivos) y cada vez estamos más enganchados a la electricidad de videogames y aparatitos varios. ¿Para qué acostarte a ejercitar el músculo que no duerme cuando se puede vivir sentado y en trance jugando a ser otro que no se es en otra parte donde todo cabe? “¡Santos Lugares!”, diría Robin. Y me entero –leyendo Alive in Necropolis de Doug Dorst– de la existencia de una ciudad, en California, llamada Colma y donde viven más muertos que vivos. Me explico: una necrópolis compuesta por diecisiete cementerios (diversas religiones, colectividades, clases de mascotas) y habitado por, apenas, unas 1500 personas. El resto –1.500.000 almas– descansa en fosas o en nichos por ordenanza municipal de 1912 que impide plantar cementerios dentro de ciudades llenas de vida. El lema del lugar es “Qué grande es estar vivo en Colma”. Alguien filmó un musical sobre todo el asunto. Y alguien filmó un documental sobre Lily Dale, en la otra costa de Estados Unidos. Nobody Dies in Lily Dale se llama y nos invita a dar una vuelta por este pueblito en un bosque encantado cuya población es una espirituosa comunidad de cuarenta espiritistas. Hay que pagar 10 dólares por entrar el pueblo (la entrada da derecho a asistir a seminarios y conferencias; una consulta individual son 40 o 70 dólares) mientras, al otro lado de las barreras, católicos recalcitrantes acusan a los lugareños de brujos y advierten sobre el pecado de leer demasiado al satanista Harry Po-tter. Esas cosas. Y parece que hay toda una serie de novelas juveniles que transcurren en Lily Dale, algo así como el Vaticano para quienes creen en los fantasmas como variaciones sobre el aria del Espíritu Santo. Los médium de Lily Dale no comulgan con el tarot, con el tablero Ouija, con las bolas de cristal o con las habitaciones a oscuras. No. Cierran los ojos, respiran profundo y comunican lo que sienten. Sentados en cómodas reposeras al aire libre o en soleados estudios con demasiados almohadones forrados con encaje. “Nos limitamos a hablar con difuntos”, sonríe allí alguien con el mismo aire casual de quien explica una receta de cocina. Y cómo era aquella frase famosa de Arthur C. Clarke en cuanto a planeta habitable por cada ser humano que jamás ha nacido. ¿O vivido? ¿O por cada futuro muerto? No me acuerdo. Y no voy a rastrearla vía Google. Demasiada información allí. Demasiada data electrónica –verdadera, falsa, alucinada– que tarde o temprano acabará volviendo irrespirable el oxígeno que respiramos. Así es: mi idea de fin de mundo tiene que ver con la asfixia colectiva y planetaria producida por tanta letra y tecla y search. Y me acuerdo de esa novela. Make Room! Make Room! de Harry Harrison. Entonces, la superpoblación todavía quedaba en la ficción, en el futuro. Ya no. Me acuerdo también de que la adaptaron libremente en una película titulada Soylent Green. Allí, la solución a todos los problemas pasaba por desaparecer en suicidios asistidos y panorámicos, amasar a los muertos como galleta/chicle verde y masticarlos sin conocimiento ni culpa. Como ratas. Al apocalíptico Ernesto Sabato le debe haber gustado mucho. En Argentina se estrenó como Cuando el destino nos alcance. El problema es que ahora, casi alcanzados –al fondo y en el fondo no hay más lugar, pero sobran los aprietes– ya poco y nada nos alcanza. Y ya nunca más nos va a alcanzar. Apretados: estamos en aprietos.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
tango para final*

¿y si no todo está podrido?

(¿aspecto, consistencia u olor?)

¿y si el diagnóstico ha sido tremendista?

¿herpes, dónde?

¿tropas, opio?
 
¿de ocupación, de los pueblos?


no es que yo sea un canto a la esperanza

ni objeto de plasmación

de solamente algunos delicados especialistas

que pudieran designarme "el poema encarnado"



porque aún pían seres vivos


(el que quedó para contarlo

añade doscientos panes de trotyl)


 
¿por qué aún pían seres vivos?


¿te amo

 o estoy emberretinado?

"mi orgasmo triste fuiste tú"
 
 
 
*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
 
 
 
 
*
 
Inventren Próxima estación: CORBETT. 

 
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