jueves, 17 de junio de 2010

En pos de la palabra

Ojalá se multipliquen los amantes de las palabras, quienes las amen de verdad, sin amancebamientos sin compromiso ni mentiras, ni mezquindad práctica ni soberbia desmedida. Ayudaría a esta tierra que hubiera multitudes con intenciones de escribir sobre el amor, el adulterio, las parejas, el enojo, el estrés, los problemas existenciales, los políticos corruptos, las putas tristes, el vecino, la suegra, los hermanos, los borrachos en las casas y los tirados en la calle, los niños que se drogan a los diez años y las niñas que son madres cuando todavía juegan con las barbis; en fin, composiciones de nuestro derredor, o acerca de la intimidad y los sentimientos; o sobre imaginativos y fantásticos mundos, o en torno a elucubraciones, ideas, reflexiones y anécdotas extraordinarias. De eso y de otras cosas podríamos escribir cuidando el significado de las palabras, buscando el sinónimo, el adjetivo apropiado y la imagen original, sin engrosar los textos sólo con calorías, carbohidratos, grasas y puro colesterol del malo, del que hace pesada la circulación y entorpece la lectura; hallando la anécdota original, el discurso interesante, el argumento preciso y el enunciado armonioso; leyendo pilas y pilas de obras eruditas, de poemas, novelas, cuentos y ensayos célebres por su factura perfecta. Es decir, todo ese trabajo que significa ser escritor, todo ese tiempo que hay que invertir para aprender y nutrir nuestra sensibilidad, porque escribir no es una tarea fácil ni improvisada, requiere interés, gusto, una necesidad que oprime el lado creativo del cerebro, y que nos obliga, nos motiva, nos empuja y nos presiona a mover los dedos para arrastrar la pluma o para teclear letras tan aprisa como los pensamientos nos llegan y nos acorralan. Una práctica que nos da fuerza para resistir muchas horas sentados alejados de los ejercicios aeróbicos y arriesgándonos a desarrollar alguna enfermedad en los nudillos de la mano o en ese rincón al final de la espalda (el ojo de Bataille), concentrados y entretenidos en crear personajes, encontrar figuras retóricas y lograr efectos para cautivar al lector y cumplir nuestros propósitos. Dicho de otro modo, oficiemos el ritual, escribamos en papel, en cuartillas, muy en limpio, con el bolígrafo, a máquina o impresas mediante una computadora, oraciones y frases; dejémonos atrapar por esta labor intelectual de seductora apariencia que oprime, deleita y nos conduce hacia un clímax estentóreo que grita, sale, escapa como una protesta lingüística llena de signos, de peculiares ocurrencias colmadas de criaturas que habían rondado nuestros pensamientos todo el día, alterando la cordura y entorpeciendo otros quehaceres. Escribamos correos electrónicos, chateemos con los amigos y los amores, dediquemos un poco de tiempo a una tarea difícil y arriesgada, pero necesaria y tan relajante como correr en las pistas de los deportivos, hacer yoga, bailar guaracha, danzón, hawaiano o árabe. Escribamos y escribamos, que este mundo requiere más poetas y narradores para hacerlo soñar, entretenerlo y sacudirlo, moverle el suelo o el tapete, para que cambie antes de que se lo lleve no el diablo ni la bruja ni los extraterrestres, sino la contaminación y el calentamiento global.

3 comentarios:

  1. Me parece muy buena esta publicación
    la lectura deberia de ser parte fundamental de
    la vida de todo ser humano,y por lo tanto
    la escritura...se puede escribir sobre todo
    y aveces me pregunto porque las mentes humanas
    se sienten mas atraidas por la televisión,la radio
    y demas medios de comunicación masiva??
    acaso llegara un día en el que la humanidad se vuelva
    tan insensible a la problematica actual de nuestro
    país??
    publicaciones como la anterior mueven fibras y llevan
    a la reflexión

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  2. Ahh el comentario anterior es mio
    de nuevo expreso mi satisfacción al leer esta publicación

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