sábado, 26 de septiembre de 2009

LAS LECTURAS DEL TRAJÍN EN EL VI CORREDOR CULTURAL O LA CRÓNICA DE LOS CASI RAROS, EXTRAÑOS LECTORES DE LA CALLE.

Casa llena (viernes 4 de septiembre). Se inaugura el VI Corredor Cultural de Xochimilco. El colectivo Trajín es invitado para participar durante los tres días (todo el fin de semana) de esta actividad. A las ocho de la noche lee en Guadalupe Ramírez y Callejón 15 Letras, en la calle, casi al aire libre, sólo al amparo de un portal de cuatro columnas, compitiendo con el ruido del tránsito nocturno y la música de los cafés aledaños, con una llovizna que a veces se vuelve lluvia, y a pesar de enfrentarse a la reticencia de quienes aún no han sido seducidos por nuestra amiga la lectura. Se escuchan las voces de los autores. Alumnos de la Secundaria Técnica 28 están presentes acompañados por sus padres; han sido convocados por Elizabeth Llanos. Un trovador con su guitarra, Raciel, alterna con los poetas y narradores. Entre lecturas y canciones llegan las diez de la noche. El técnico de audio dice adiós y ante la falta de autoridades e indicaciones nadie sabe qué hacer con las sillas y las luces. La responsabilidad impide abandonarlas a los ladrones. Michael Santino ofrece que las sillas se guarden en el Café Erandia. De las lámparas, Arturo Texcahua avisa a la oficina de cultura para que vayan por ellas.
Velada acogedora (sábado 5 de septiembre). Es el día del gran partido de futbol. No obstante, se está puntualmente a las cinco de la tarde para leer aunque el sonido llegue hasta las siete (como lo había advertido el técnico una noche antes y contra lo asegurado y reiterado por la delegación de que estaría a las cinco en punto). Confusiones, desorganización, a saber. Por cuenta del Trajín se coloca una lona que salva a los presentes del primer aguacero de la tarde y permite hacer la lectura. Son seis escritores decididos a realizar diferentes rondas para leer sus textos más que para los demás, para ellos mismos. Por momentos, dos, tres, cuatro personas ajenas escuchan, más por guarecerse de la lluvia que por interés genuino.  La velada se convierte en una extraña forma de convivencia literaria. Parece que no se lee en la vía pública. Las palabras de distintos tonos, los versos apuntalados por la reflexión existencial, el pequeño espacio que cubre la lona, la necesidad y compromiso de escucharse, hace de aquello un encuentro casi íntimo. Justo a las nueve, cuando el técnico de sonido dice ya me voy, empieza una tormenta memorable. Aunque nadie lo quiera, todos se mojan los zapatos y se solidarizan ante el contratiempo. El Trajín y sus invitados sobreviven.
¿Locos? (domingo 5 de septiembre). Se acude a la hora señalada, las doce, pero empezamos una hora y cuarto después por la falta de sonido y sillas (esa organización que más bien parece desorganización). Las nubes pasan de largo. No habrá lluvia. Somos tres o cuatro, y así empezamos. La resaca del día anterior nos deja solos. Leemos en medio de la apatía. Uno de los lectores empieza a reclamar al aire que no lo escuche más gente, después dirá que somos unos locos por tratar de llevar nuestras lecturas en esas condiciones. Unos se oponen a sus dichos, otros están de acuerdo en lo de la locura, pero aclaran: la creativa. Salvamos ese mediodía con nuestro optimismo y terminamos a las dos y media esta última jornada. ¿Escuchas?, otra vez sólo dos, tres o cuatro, quizá. Pero lo importante es la satisfacción de llevar la literatura a la calle, de hacer públicas nuestras propuestas creativas, de cumplir con la palabra.

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